XVII Heridas abiertas

Las paredes de la celda rezumaban gotas de agua salidas del corazón de la montaña. Dominic Kiebel sintió el alivio frío humedeciéndole la mano con que se sustentaba. Los vértigos le iban y venían en flujos interminables; bien hubiese agradecido sentarse un momento hasta que la sangre se le adueñara del rostro. Sin embargo, la paja bajo sus pies se había movido, y si alguna cosa aprendió desde que llegara a Sismos era a no dar la espalda a nadie. Pensó que quizá la paja se estremeciera con el paso de una rata, que no había de qué preocuparse; pero de nuevo le vinieron a la cabeza las palabras del carcelero: “Si hacen ruido o me molestan…” Quedó convencido, alguien más estaba en esa celda. Esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad, lentamente, mientras respiraba con desespero, como si de pronto el aire se le hubiese vuelto líquido. Así, poco a poco, pudo distinguir algunos detalles. El calabozo era un sitio de apenas dos metros de ancho, muy bajo, tanto que Dominic no necesitaba extender los brazos para tocar el techo de roca viva. En cambio se trataba de un encierro alargado, como si la intención del “arquitecto” hubiese sido la de construir una especie de pasillo corto donde los prisioneros, al menos, pudieran caminar. Todo era de roca pulida por siglos de humedad. Solo estaba permitido la riqueza austera de un poco de paja en el suelo. En una esquina, el orinal manchado de vicios parecía contar el infortunio de ser el orinal de una prisión. Más allá un par de piernas, las del acompañante, tendidas a placer, el cuerpo sentado con la espalda apoyada en la pared del fondo, el rostro indistinguible. Otra vez Dominic sintió la fatiga.
—Si te desmayas aquí nadie vendrá a atenderte —dijo el otro y Dominic, en un temblor, reconoció la voz de Sven Hennum—. Acaba de sentarte, Omiris, no voy a arrancarte el pellejo…
Dominic Kiebel dejó caer el peso del cuerpo, afirmando el hombro en uno de los muros. Volvió a respirar con esfuerzo, jadeando, y con cada respiración un dolor le perforaba las costillas. No recordó haberse sentido tan miserable en toda su vida. De quererlo, Sven Hennum bien podía vapulearlo a su antojo sin encontrar resistencia. Pero Sven permaneció tranquilo, sin moverse más que para hablar.
—Me pregunto de quién habrá sido la idea de ponernos en la misma celda —dijo—. ¿Es tan difícil entender que hace un par de noches nos estábamos matando?
—Tú lo provocaste…
—¡Exacto, Omiris! Yo provoqué, soy yo quien sigue con ganas de destriparte… ¿Por qué ponerme cerca de ti?
—¿Cuál es tu problema?
—Solo uno, y lo tengo ante mis ojos.
—Si quieres lo resolvemos ahora mismo.
—¿Del modo en que estás? Seamos realistas: estás hecho una mierda, Omiris…
—Dominic; mi nombre es Dominic, no soy Omiris de nada.
—Igual, Dominic, cuando te vi pasar por la puerta casi me levanto a sostenerte. Si lo hubiese hecho ahora me faltaría un pedazo de piel. No puedes verme con tanta oscuridad, pero llevo un telar conmigo. Tu amiguita Karina me llenó de ampollas…
—Karina me salvó. De ser por ti habríamos luchado hasta matarnos.
—Yo no te habría matado… Quizás, debo admitirlo, algún que otro rasguño más si te hubiera hecho.
—¡Serás hijo…! —Dominic intentó ponerse de pie, pero solo consiguió volver a caer con un dolor terrible—. ¡Casi acabas conmigo!
—No te engañes, Omiris —dijo Sven sin inmutarse—. Soy un rastreador, sé dónde está casi cualquier cosa sin que la haya visto antes. Mi espada no te hizo mayor daño que el de entrar y salir, la herida no te puso en peligro. Las dísires tuvieron un trabajo fácil, seguramente suturaron los intestinos, la piel… Como dije, mi intención no era matarte. Tal vez sea un asesino, pero sé de qué lado está mi peor enemigo.
Al fin Dominic se percató de que sus ojos se habían habituado a la oscuridad. En efecto, Sven Hennum yacía sobre la paja de la celda, y buena parte de su cuerpo estaba vendado.
—¿Desde hace cuánto eres médium? —preguntó Dominic.
—¿Qué? ¿Ahora quieres saber de mí, Omiris?
—Vamos a estar algún tiempo encerrados; antes de matarnos bien podemos hablar de alguna cosa. Dime, ¿cómo llegaste a ser Omiris tú también?
A Sven Hennum le pareció una idea tonta. Jamás había contado nada sobre su vida, mucho menos a alguien que despreciara. Aún así, se dejó llevar por la modorra del calabozo. “Soy noruego”, dijo con orgullo, “nací en 1809, en Hordaland, el mayor de cuatro hermanos. Mi padre murió antes, no lo conocí. Mi madre estuvo sola conmigo hasta que cumplí tres años. Después llegó mi otro padre, al que quiero como si fuese el único. Desde los seis me enseñó cómo hacerme rastreador. Él despertó mis instintos, mis ansias por olfatear lo desconocido. Me educó a la caza, a seguir rastros, pequeños detalles en los caminos donde hubiera estado la presa, y así pude aprender a imaginarla, a predecir cuál sería su próximo movimiento. Aprendí a vaticinar la llegada de una banda de patos, la senda de un reno. Tuve una buena infancia, aunque siempre fuimos pobres. A los diecisiete supe que un extraño llegaría a casa y avisé de la visita tres días antes. De tal manera, por mis sugerencias, mi padre cazó un alce espléndido y mi madre se esmeró en preparar una cena digna del desconocido, porque incluso alcancé a oler sus intenciones antes de su llegada, y eran buenas. La persona resultó el Primer Adalid Ernow Driscoll. La noche de su visita cenó plácidamente, le ofrecimos la mejor bebida que teníamos, y mi padre no permitió que el señor Driscoll hablara de cosa alguna sino hasta el día siguiente.
—Ustedes apenas saben quién soy —dijo el señor Driscoll.
Pero mi padre le respondió que no hacía falta conocerlo. “Sven pudo olfatear la bondad en usted. Sea cual sea el motivo de su presencia, podrá esperar a que amanezca; hoy, por favor, permítanos agasajarlo”. A la mañana siguiente Ernow Driscoll agradeció la hospitalidad tremenda, y frente a mis padres comenzó a barajar la posibilidad de desarrollar mis habilidades en alguna escuela en el extranjero. Dijo que era un cazatalentos habituado a hacer negocios con jóvenes competentes. Al parecer, yo había sido elegido luego de que una voz se corriera de país en país, contando de un joven en Hordaland capaz de rastrear hasta el sepulcro de Alejandro Magno.
—Puedo encontrar ese lugar el día que usted lo pida —repuse yo y fue suficiente para que Ernow Driscoll cayera rendido.
Sin embargo, la idea de irme alarmó a mi madre. Ernow Driscoll prometió que recibirían noticias de mí, al igual que una suma importante de dinero todos los meses, por lo que las carencias de toda una vida iban a ser mitigadas al fin. Mi padre no hizo sino mirarme a los ojos.
—Confías en él —me preguntó.
—Como si fuera yo mismo —respondí, porque a pesar de mis miedos, el dinero nunca ha estado de más en mi familia.
Así me marché de casa a los diecisiete años, con el olor a mentira llenándome el alma, porque olfateé la falsedad en las palabras del señor Driscoll. Claro que no había otra escuela que no fuera la casa de la señora Mad Fadianna en Sismos, pero antes supe de mi condición de posible Omiris y la idea me atrapó, sobre todo, porque esa posibilidad permitió que mi familia recibiera desde entonces los privilegios concertados la mañana en que me fui. Por supuesto, también he sabido que mis magras cualidades de Omiris tampoco se ajustan a las predicciones de Serpina, como no se ajustaban a ninguno de los que me antecedieron. He sido un falso Omiris que hoy tiene veintiocho años, he salvado cientos de médiums en batallas incontables, he rastreado parajes seguros, parcas asesinas, aún no he tenido tiempo para familiarizarme con todas las cicatrices de mi cuerpo. Daemish es mi hogar, soy respetado en las Montañas de Caliere, en Minas Aeris, Puerto de Sideth, y estoy seguro que mi nombre debe haberse pronunciado alguna vez en Liberni Yertoh. Mi familia depende de la leyenda que he forjado como falso Omiris, a esta edad, a mis solo veintiocho años… ¿Y quieres que no te odie? ¿Acaso sabes cuántas cosas tu presencia ha puesto en peligro?”
—¿Ese es tu miedo? —preguntó Dominic con cierta vergüenza, porque había creído a Sven Hennum un joven ambicioso.
—¿Cuál iba a ser? ¿Orgullo? ¿Temor a ser el pobre diablo al que le han quitado los ojos de encima?
—¿Tu familia ha dejado de recibir su dinero?
—No —afirmó Sven—, pero los adalides podrían dejar de enviárselo.
—¿No hiciste un trato con el señor Driscoll? ¿Después de tanto que les has servido no tienes nada de dinero?
—Debo tener mucho, no sé bien, jamás me he preocupado por eso. Cuando vine a Daemish lo hice con la esperanza de ampliar mis habilidades, ser yo mismo. Tengo un trato con Ernow Driscoll, y en verdad desearía que nunca se rompiese, porque ese día habré de ajustar cuentas y regresar a casa.
Las palabras de Sven Hennum sonaron dolorosas. Dominic entendió que estaba frente a un tipo de amor distinto a cualquiera que hubiese conocido antes. Sven amaba ser médium, ser un rastreador implacable, amaba su familia, pero por encima de todo, amaba la fortaleza de Daemish y le era fiel a niveles desconocidos por el propio Kiebel. Dominic guardó silencio mientras meditaba en estas cosas, pensando que el sacrificio también es una forma del amor. Recordó la pelea que habían tenido, la misma que los llevó a estar encerrados en aquellas mazmorras, y sintió vergüenza, porque pensaba en lo fácil que es juzgar a las personas sin saber los verdaderos motivos que los mueven.
Ese día no hablaron de nada más. Se mantuvieron distantes como bestias territoriales, cada uno pensando en el otro. De vez en cuando se lanzaban vistazos furtivos, pero ninguno con odio. De hecho, fue Sven el que la emprendió a gritos y patadas con la puerta cuando en la noche Dominic cayó en una fiebre delirante. Enseguida vinieron dos dísires, le desinfectaron la herida, lo bañaron con agua helada, y dieron brebajes calientes. A Sven también debieron cambiarle las vendas y ponerle capas de ungüentos. “Cuida bien a este muchacho”, le indicó una de las dísires al marcharse. Y eso hizo, pasó gran parte de la madrugada velando la temperatura de Dominic. Llegó hasta sentirse miserable, porque de aquel joven solo le había molestado su presencia. Recordó lo que sabía de Dominic Kiebel: un muchacho atacado con apenas nueve años por un montón de háluz, perder a su padre, casi morir él mismo, su madre en ese estado de muerte en vida, embarazada en una condición insólita… ¡Trece años! “Soy un idiota”, dijo, y con su manta le cubrió el cuerpo tembloroso.
Lo que sucedió después solo había sido previsto por el viejo Matzaleem. Los dos comenzaron a acercarse, con reticencia al principio, pero luego se abrieron a plenitud en especial porque las atenciones a la celda incluían cerveza siempre que tuvieran sed. Al principio los tomó por sorpresa, pero creyeron era la señal de que los adalides no se habían olvidado de ellos. En par de semanas tuvieron tiempo de contarse casi todo. Dominic divirtió a Sven con anécdotas del hospital donde pasó su niñez, y Sven lo sorprendió contándole de luchas en tierras distantes, y misiones de muerte, tristes a veces, a veces gloriosas, pero nunca dejó de decir que siempre le temblaron las manos, y las piernas se le pusieron rígidas por el miedo, y le castañetearon los dientes antes de matar a un “inmortal”. “Es un sentimiento para toda la vida”, confesó.
—Yo tampoco he dejado de sentirlo —repuso Dominic.
En otra ocasión Sven Hennum quiso saber por qué en su primer encuentro, Dominic aseguró haberlo visto la noche del eclipse en que los mayordomus atacaron a su familia.
—Porque eras tú —dijo—. Te vi pasar montado en un jordacio. Vi a Karina Massiova gritar algo como “rompe el tiempo” a la médium que estaba en nuestro compartimento del coche, junto a mis padres. No sé quién es, no la he visto nunca más, pero su rostro permanece intacto en mi memoria. ¡Era bella como no conozco a otra!
—¿Ni siquiera Angelice Sanner?
—Ni siquiera Angelice… ¡Ah! Ella es… A veces la encuentro en sueños y revivo sus palabras antes de besarme la boca y que el mundo se me tornara distinto.
—¿Te besó? —dijo Sven escandalizado—. ¿Acaso no tenías nueve años?
—No fue un beso del que imaginas. ¿Quién tendría cabeza para besar así en medio del desastre? Fue un beso que me llenó de vida, de olor a madreselva, y sentí en la boca sabor a salvia… Desde entonces he sido otro, he comprendido las plantas y ellas me comprenden. Les hablo y hacen cuanto quiero… ¡Pero ese rostro, esos ojos!
—¿Cuáles fueron sus palabras?
—¿Qué?
—La médium dijo algo antes de besarte.
—Y no lo olvido, tal parece una sentencia, como un recordatorio para el día que vuelva a verla. Dijo: “ámame siempre”.
—Es una locura —repuso Sven mientras se rascaba el pecho por encima del vendaje—. Yo no estuve la noche del eclipse, ni siquiera tenía edad para eso. Karina Massiova tampoco, es tan novata como tú. Por otra parte, esa médium de la que hablas ¿de qué modo amas a alguien que no existe? Nadie aquí la conoce, ni siquiera los adalides… ¡Es una maldita locura!
Dominic Kiebel nunca tuvo respuesta a esa pregunta. Él mismo se la había hecho muchas veces, pero con el tiempo aprendió a no dejarse torturar por los misterios de su propia vida. Sin embargo, se sorprendió contándole tales asuntos a Sven Hennum, porque a pesar de las fricciones que habían tenido, el encierro acabó por acercarlos. De tal suerte, pasaron los días cuidando el uno de las heridas del otro, poniendo en claro sus diferencias, las maneras de pensarse, hasta que no hallaron nada nuevo que decir y sobrevinieron las quejas hacia el carcelero. “¿Hasta cuándo vamos a estar presos?”, “¡Mande buscar a Ivor Grimes!”, “¡Eh, idiota! Esta pocilga apesta a nosotros, necesitamos un baño.” De esta forma el guardián supo que ambos habían sanado sus rencillas, y además que tenían los pellejos casi cicatrizados gracias a los milagros de las dísires; pero la orden de los adalides era que los dejara estar más tiempo, porque el calabozo no solo les iba a servir para acercarse, sino también para ser castigados; por eso les ordenaba que hicieran silencio, bajo la amenaza de darles una paliza que los haría vomitar hemorroides y cosas por el estilo. Pero no funcionó. En cambio Dominic Kiebel y Sven Hennum la emprendieron con el infeliz.
Una noche donde el aburrimiento los devoraba, Sven, luego de poner la oreja en una de las paredes, adivinó con total clarividencia que el carcelero se había quedado dormido en una silla. Fue en ese momento que Dominic estimuló un montoncito de musgo que crecía apenas entre la humedad de la piedra del calabozo. El musgo comenzó a extenderse suavemente, luego creció sin miedo hasta alcanzar el pasillo por debajo de la puerta, inundó las paredes, el techo, la única antorcha, las cadenas, los grilletes, las escaleras, los demás calabozos, se hizo una alfombra entera hasta la silla, trepó por los zapatos del carcelero, echó diminutas raíces en la ropa del hombre… Al final las mazmorras quedaron convertidas en un tapiz verde, homogéneo, y el carcelero yacía preso al paisaje como por una camisa de fuerza. Solo se enteró cuando quiso espantarse del rostro unos mosquitos, y se descubrió sujeto del peor modo. Entonces estalló en gritos y maldiciones, pero quedó horrorizado al ver su prisión convertida en una selva, sus gritos ya fueron de desesperación. Algunos guardias debieron venir a socorrerlo, no sin antes largarle una sarta de burlas y elogiar a quien fuera el autor de aquella broma. El carcelero tardó tres días en despejar toda la capa de musgo de las mazmorras.
En otra oportunidad Dominic encontró un par de granos de trigo bajo la paja, y fue Sven Hennum quien visualizó al hombre marcharse a la cocina.
—No le perderé el rastro —dijo—. Has lo tuyo…
El carcelero solo demoró escasos minutos en ir y volver, pero al hacerlo encontró un campo de trigo a punto de segar, sembrado en toda la prisión. Las espigas alcanzaban poco menos de dos metros y se mecían uniformes como batidas por alguna brisa. El hombre quiso hacerse un montón de preguntas mientras la sangre le subía al rostro como recalentada y ácida. ¿Cómo demonios había llegado ese campo allí? ¿En qué tierras si su cárcel era de roca lisa? Sus ojos se perdieron sobre las mieses, al tiempo que también perdió los estribos con pensamientos de mucho trabajo, es decir, tendría que pedir ayuda a algún labriego, buscar hoces, cortar las espigas, agavillarlas, de seguro nadie iba a permitir que desechara el grano, por lo cual le restaría trillarlo, tostarlo, molerlo, hacer galletas, hogazas de pan, servirlo en bandeja a sus dos malditos prisioneros; sin contar el trabajo de despejar el pasillo de la mazmorra, limpiarlo otra vez…
Tantos pensamientos acabaron desquiciando al carcelero que tomó un hacha colgada en una pared, y se abrió paso por el sembrado hasta la puerta de la celda. A golpes de arma, sin más cabeza para pensar en la llave, derribó la puerta con fuerza descomunal, como si de repente hubiese dejado de ser hombre y se hubiese transformado en una bestia. Sven Hennum y Dominic Kiebel se vieron impedidos de escapar a ningún sitio, en cambio se recostaron al fondo, con los ojos abiertísimos y los corazones trepidantes.
—¡Salgan ahora mismo de mi cárcel antes de que me los coma vivos! —dijo.
Ni siquiera el propio Ivor Grimes pudo convencer al carcelero de aceptar de vuelta a los presos otro par de días.
—La próxima vez desuéllelos y sírvales su carne a los perros o cualquier badar extraviado que se encuentre. Si los trae los mataré sin remedio —aseguró.
De tal suerte, Ivor Grimes quedó conforme, porque entendió que los jóvenes habían tenido que cooperar entre ellos para volver loco al guardián de las mazmorras. Eso lo hizo profundamente feliz.

  GV Andersen

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