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Últimos servicios

Los míos, siempre serán tuyos, Pu.

Hacía más de un año que llevaba haciendo terapia. Supuestamente me iba a poner mejor… o al menos eso fue lo que dijeron los doctores. De verdad no sé cómo una terapia iba a mejorar, o eliminar, las causas que me llevaron al intento de suicidio. Aquellas sesiones solo cambiaron un motivo por otro: o me mataba cuando me despidiera mi jefe, o cuando la doctora comenzara a hablar.

El día de mi última reunión, solo me hacían preguntas sobre lo que pensaba hacer en el futuro, qué iba a hacer para ganarme la vida y cosas como esas. La verdadera decisión tomada por mí no se las dije, esa me la reservé. Solo les oyeron lo que querían escuchar. Realmente no puedo decir que no me ayudaron durante las terapias, ya que ellos mismos fueron los que me dieron la idea de lo que verdaderamente haría para buscarme el pan.
Llegué a mi casa luego de salir corriendo de la clínica. Organicé las cosas del garaje y boté lo que no iba a utilizar. Al concluir, eché un vistazo a mi obra, y complacido por lo visto, me acosté a dormir. Me levanté al rayar el alba y saqué mi licencia de proveedor de últimos servicios.
Claro está que no expliqué de qué iba mi negocio.

Colgué el cartel publicitario en la entrada, y con lo que me quedaba del dinero ahorrado en el hospital, compré los materiales e insumos que necesitaría. También imprimí volantes y tarjetas promocionales, que repartí en todas las reuniones de terapia de esa semana,  para personas, que como yo, habían dudado o temido sobre suicidarse a última hora.
Un día vino mi primer cliente. Entró por la puerta con temor, mirando todo con ojos llorosos.
— Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlo?
— Buenos días —me dijo si fijar la vista en mí—, ¿es cierto esto que pone en su volante?
— Cada palabra —respondí reprimiendo mi alegría.
— ¿Y qué lo hace usted experto en… eso?
— Aprendí todo en carne propia, a prueba y error. Me di cuenta que hacerlo uno mismo puede resultar difícil y doloroso. Pero eso, tanto usted como yo, lo sabemos por experiencia. Mírelo de esta manera, si le proporciono su último servicio ambos ganamos: yo, mi comisión, y usted, de esta manera, no comete pecado ni va al infierno.
— ¿Es seguro?
— No puede fallar. Además, usted mismo puede escoger el método. Los catálogos están en las paredes laterales junto a todo lo que ofrezco, pero si tiene alguna sugerencia, puede decírmela y con gusto intentaré complacerlo. Siempre y cuando no vaya en contra de mis políticas establecidas.
— Bueno, si es así… tengo que pensarlo. Si me decido, vengo a verlo mañana.
Me dijo y se despidió.
— Piénselo bien y me dice —le sugerí—. De todas maneras estaré aquí todos los días.
La mañana siguiente amaneció tan tranquila como las anteriores. Ya mis ahorros se estaban agotando. Si no tenía algún cliente pronto, iba a tener que usar mi propio servicio en mí.
Qué ironía.
Cayendo la tarde, entró el señor del día anterior con una carpeta en la mano. Trajo consigo todo lo que pedía en los volantes: dinero en efectivo, comprobante del banco, testamento (aunque este era opcional) y, por supuesto, la declaración jurada, donde está de acuerdo a realizar el procedimiento elegido por él, firmada por un testigo.
Mi alegría fue grande. Enseguida me puse en marcha y realicé los preparativos para que el cliente tuviera la máxima comodidad. Josh (así se llamaba mi cliente) había elegido la alternativa cinco. Esta tenía lugar en la cama. Era la más cómoda de todas, para él y para mí. Se acomodó encima del colchón lo mejor que pudo. Le pregunté si prefería música y asintió.
La puse.
Me acomodé a horcajadas sobre su pelvis, y lo veía sonreír mientras le ataba las manos. Agarré el almohadón y con suavidad lo coloqué sobre su rostro. A medida que los segundos se sucedían yo presionaba más, sobre todo al comenzar los espasmos. Sus gemidos y gritos ahogados acompañaban el ritmo de la música. Al parecer había hecho una buena elección. En lo que esperaba a terminar el trabajo, fui pensando en dejar la canción para esa alternativa. Diez minutos más tarde de la última sacudida, retiré la almohada y ahí estaba: un  cliente satisfecho. La sonrisa de felicidad en su rostro era exquisita, un poco arrugada por la tela, pero no importaba.
Él era feliz.
Como me había pedido explícitamente, llamé a su mujer: esta se encontraba en casa de su amante. Le di la noticia y le pedí que recogiera a su esposo en la funeraria. Los gritos de histeria de la esposa me hicieron pensar: hay que hacer algo al respecto. No era posible que en cada trabajo tuviera que aguantar tan grande hipocresía.
La noticia de mi negocio se propagó como la peste por todo el estado. Entraban tantas llamadas averiguando sobre mi trabajo que pensé en contratar una secretaria. Y así lo hice. Contraté a una muchacha que encontré en el centro de rehabilitación. Lucy había ingresado por adicción a la marihuana, e igual que me pasó a mí, lo que hicieron fue cambiarle una adicción por otra. Había olvidado aquella droga por la que ingresó, pero otra fue la que la enganchó: el dulce.
La contraté por caramelos, agregándole la facilidad que al final podía elegir una alternativa como último servicio. Entre la crisis económica y Lucy (que tenía una imagen que daban ganas de morir), desde esa semana los clientes me llovieron. Menos mal que la tenía a ella, que pese a su adicción y diabetes, era buenísima con los números.
Lucy llevaba todo lo contable, y me dejaba a mí la parte creativa. Algunos de mis clientes estaban bastante apurados, esos eran los que menos daban ganas de atender. Siempre pedían lo mismo: tiro en la cabeza, en la boca y cosas así. Ni a Lucy le daban ganas de ver esos trabajos. Aunque, hay que reconocer que otros se esforzaban en ser originales, y querían terminar igual que Hemingway, por lo que tuve que comprarme una escopeta idéntica.
Habían días bastantes entretenidos y clientes muy interesantes. Una señora, que estaba en sus cuarenta, había sido ayudante y eterna amante de un director musical famoso. Ella fue su admiradora más ferviente. Su obsesión llegó hasta el punto de querer irse igual que él. Así que: tuve que casarme con ella, cegarla, asistirla en su final y terminar el trabajo de un disparo.
Otra que recuerdo con agrado fue la señora Pimpet. Su mayor frustración había sido no llegar a ser periodista y no quería irse de esa manera. Lucy estuvo grabando mientras ella hacía un testamento digital en forma de noticia. Luego, yo le disparé. Linda señora aquella.
Otro aspectos interesantes de mi trabajo eran los destinos de los cuerpos. Algunos querían ser enterrados en los lugares más extraños (y por consiguiente más caros), como la Siberia, el jardín de su vecino, o quemado en una hoguera. Hubo uno al que la mujer lo tenía loco con el asunto de la comida, me hizo molerlo y dárselo a la esposa en bolsas de picadillo. Su último sacrificio. Eso sí era amor.
Aunque tenía lados buenos, también tenía sus malos. Varias veces tenía que hacer de tripas corazón, para decirle no a aquellos adolescentes que venían todos los días a solicitar mis servicios. He tenido a lo largo de mi carrera clientes con razones serias de veras, otros con razones para nada convincentes y algunos que no me dijeron en absoluto sus motivos. Pero estos ya eran personas mayores. ¿Quién no se ha sentido igual que esos muchachos en  la adolescencia y han querido morirse? Los de esa edad siempre tienen las excusas más tontas y superficiales de todas. Aunque la mayor razón por la que no los atiendo es que no tienen forma de pagar lo que pido por mi trabajo.
Pasaron años y mi fama llegó a ser mundial. Llegué a trabajar para artistas famosos, embajadores y presidentes. Escribí un libro, o mejor dicho, un manual de trabajo. Me entrevistaron en la televisión, e incluso llegué a poner un comercial en el horario de la telenovela.
Pensaba que mi felicidad estaba completa, hasta que Lucy me presentó la carta de renuncia. Nunca creí que ese día llegaría. Verdad que se había demorado bastante.
Los años no habían sido nada amables con ella y le habían cobrado, por la diabetes, varios dedos, una pierna, y amenazaba con la otra. Intenté convencerla ofreciéndole un aumento de sueldo y vacaciones pagadas. No me imaginaba el trabajo sin ella. Mi compañera de los años. La inspiración de tantas alternativas. Pero no era solo la baja lo que quería mi amiga, sino también que probara en ella la última alternativa.
Veníamos trabajando en eso desde hacía un mes y algo, casi la teníamos concluida. Al final accedí. ¿Cómo decirle que no a Lucy? Pero no quería que lo hiciera sola. Busqué las tarjetas de contactos que tenía, de todas aquellas personas que habían reservado turno conmigo. Incluso, algún que otro adolescente de esos que se pintan los ojos de negro, y el pelo cubriéndoselos, se sumó a última hora.
A todos les hice una oferta que ninguno rechazó.

Para la noche teníamos todo listo. Abrí la puerta de la habitación en la que estarían y todos entraron. Enseguida fueron para encima de la comida. Bailaron y jugaron como en sus mejores días de infancia, mientras que de los reservados salían gritos y gemidos de placer. Yo los veía a través del cristal de la ventana. Mientras, subía el interruptor que liberaba el éter que ponía fin esa nueva alternativa creada por nuestro talento. Nunca había visto tanta felicidad en mi vida y Lucy disfrutaba de un buen pastel entre beso y beso de los chicos que tenía a cada lado.
— ¿Qué haces aquí?  —preguntó ella cuando me vio aparecer.
— Quiero probar esta alternativa contigo —le respondí—. El éter casi no se siente. Es bastante divertido.
— Vete. Sabes cómo termina esto — me dijo.
— Como mismo empezó —repliqué mientras la besaba—, con una sonrisa en los labios.

Y esa es la historia de mi vida. Siempre trabajando para el prójimo. Todo por ellos. Por ella. Nunca pensé en mí. Y, sin embargo, usted me dice tan fácilmente a la cara, que no puedo entrar aquí al cielo. Que tengo que bajar.

  Abel Guelmes

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Ciudad de La Habana, 1986. Narrador

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