Las conferencias. ¿Un acto cultural?

Fragmento del artículo, ¿Pueden considerarse las conferencias, entre nosotros, como actos culturales?, publicado por el historiador cubano Emilio Roig de Leuchsenring, durante los meses de julio, agosto y septiembre de 1927 en la revista Social

Recuerdo que hace muchos años, en los primeros de la República, estuvieron de moda entre nosotros unas «Conferencia de Beneficencia y Corrección», que se daban periódicamente en diversas localidades de la Isla, y a las que asistían damas y caballeros en gran número. Por lo anticulturales, pues no era la cultura lo que movía a conferenciantes y asistentes, sino el pasar el rato e ir de gira o excursión y disfrutar de los bailes y comidas que se daban en las ciudades visitadas, todo menos el propósito cultural. Lanuza, aquel inolvidable maestro de ironía, las calificó con el alias de «rumbas benéficas».
Algo parecido ocurre hoy.
Cualquier acucioso investigador de nuestra historia que dentro de cincuenta o cien años, puesto a estudiar el desenvolvimiento cultural de la época presente, hojease la prensa diaria de estos tiempos, pensaría, sin duda, ante el número asombroso de conferencias que se celebran hoy, que la cultura florecía en esta época, exuberante y lozana, destacándose figuras intelectuales de primer orden, y que el público respondía, identificado, a labores intelectuales tan intensas.
Sin embargo, nada más falso. Ni la abundancia actual de conferencias indica florecimiento cultural; ni tenemos, en general, verdaderos conferencistas, sino mediocres y audaces conferenciantes; ni el público numeroso que asiste a las conferencias le interesan éstas en lo más mínimo.
No me refiero, desde luego, a casos excepcionales. Hablo de la mayor parte de los conferenciantes del patio, y de las cursis conferencias con música, cantos y recitaciones que a diario se celebran en esta ciudad; y del público a éstas asiste, porque va la gente, porque es de moda o no hay otro sitio mejor donde pasar el rato.

LA CONFERENCIA
De entrada y sin más preámbulos niego redondamente la eficacia cultural y educativa de las conferencias.
La conferencia —la buena conferencia— que no se publica, o de la cual los periódicos o revistas ni siquiera dan a conocer un extracto, es como una predica en el mar.
Se podrá aprender en una clase, en un curso sobre determinada materia, pero no en una conferencia aislada.
Ni el ánimo está predispuesto para ello, ni puede concentrarse la atención en el tema desarrollado por el conferenciante, porque hay mil motivos de distracciones, desde el amigo o conocido sentado a nuestro lado que nos conversa, los asistentes que llegan retrasados, hasta la dama que cerca de nosotros, nos ofrece el espectáculo sugestivo de unas piernas vistas del tacón a la liga.
Si el tema de una conferencia a la que asistimos nos interesa, no le prestamos atención porque esperamos leer y estudiar el trabajo, ya cuando se publique, ya pidiéndole una copia al conferenciante. Si no nos interesa el asunto, menos nos preocuparemos del mismo. Por lo tanto, en ningún caso le prestamos atención a la materia que desenvuelve el conferenciante.
Y, dado el caso en que hable un príncipe de la tribuna, o un extranjero de fama reconocida, se va por oír al fenómeno porque es elegante y van los demás como a las noches de moda de los cinematógrafos. Salvo casos excepcionales, repito, la mejor prueba de que las conferencias no interesan en lo absoluto al público, y que por oírlas solamente, no asistiría, es el hecho de que hoy se ha convertido en costumbre adornar conferencias con números musicales «para que vaya público».
Entre conferencia y conferencia habrá números de música y recitaciones por algún joven o muchacha, premio de ese año en su conservatorio, o pensionado que acaba de llegar del extranjero, pianista, violinista, etc. No faltarán un par de número de cantos. Como se observa, la fiesta no puede ser más divertida. Es, además, gratuita. Pero si parecieran pocos los números consignados en el programa, no sería extraño que la directiva de la sociedad le pida a alguna significada personalidad presente en el acto que pronuncie unas palabras, siempre sobre cualquier tema, lo mismo que si le pidieran alguna suerte o juego de manos, bien un cuento o una adivinanza. ¡Ahora, que hay también quienes se traen su discursito embotellado y después lo improvisan.

EL CONFERENCIANTE
Los conferenciantes que padecemos en esta época pseudo-cultural del apogeo de las conferencias, pueden dividirse en dos grandes grupos: los consagrados y los novatos.
Los primeros son aquellos viejos o jóvenes que han sido encasillados por la opinión pública, a fuerza de bombos y autobombos, como eminencias o notabilidades, especialistas en una o varias ramas del saber humano. Es el grupo, pintoresco y divertidísimo, de los consagrados.
En nuestra vida social, para mayor comodidad de sus componentes, apenas suena de alguna manera o por algún motivo el nombre de una persona, en seguida la clasificamos, le ponemos su ficha y la colocamos en el casillero correspondiente del gran archivo social. Es un procedimiento cómodo y manuable, pues al necesitar más tarde un especialista sobre determinada materia, no tenemos más que ir al casillero de esa materia y allí seleccionar una de las eminencias que poseemos. Basta que una persona haya escrito dos o tres artículos o dado una conferencia sobre una materia o sobre un autor o figura histórica, para que en seguida lo clasifiquemos como especialista en tales asuntos. Cuando son varios los que se dedican a una misma especialidad, entonces los ordenamos por categorías, no en relación con la calidad sino a la cantidad de lo publicado o hablado. El que ha publicado un libro de más de 200 páginas, ocupa en su especialidad el primer puesto y a veces hasta se le pone fuera de concurso.
Entre los vanos especialistas en una misma materia suelen producirse celos, disgustos y hasta encuentros personales, porque el primero que apareció en público se cree con el derecho de la exclusiva para tratar de la misma, y considera al nuevo especialista como a un usurpador que trata de robarle su patente. Entonces ambos se dedican a desacreditarse mutuamente haciendo alarde cada uno de set el más competente en la especialidad. Eso ocurre con vanas de nuestras grandes figuras históricas, acaparadas por una o dos personas; o con diversos temas literarios, artísticos, musicales.
Yo, por ejemplo, aparezco en los casilleros siguientes: Enmienda Platt, José Antonio González Lanuza, Costumbrismo. Mi verdadero papel sería el molestarme y hasta enviarle los padrinos a todo aquel que tuviera el atrevimiento de hablar o escribir sobre esos tres temas.
El caso grave ocurre cuando, de repente, se necesita un especialista en una materia a la que nadie se ha querido consagrar. Se producen entonces verdaderos conflictos. La única manera de solucionarlos es acudir a aquellos cuya especialidad es suficientemente amplia; vg. música nueva, arte moderno. Si urge la necesidad de dar una conferencia o publicar un artículo sobre algún músico o pintor contemporáneo de nombre raro y desconocido que por el cable nos enteramos que acaba de fallecer, entonces, ante la falta del especialista en ese asunto, se acude al especialista de la materia en general. En los dos ejemplos puestos no hay que decir que nuestro compañero Alejo Carpentier es el especialista por antonomasia.
Las conferencias de los consagrados casi siempre son pedidas a éstos por alguna sociedad, academia, etc., cultural o pseudo-cultural, y se dan ya en alguna fecha conmemorativa, patriótica, histórica en general, ya en el aniversario de la muerte o nacimiento de algún hombre ilustre, o al ocurrir ésta, ya en el homenaje que se le rinde a alguna personalidad extranjera que nos visita.
El consagrado conferenciante, haciendo alarde de su sapiencia, ponderará los años dedicados al estudio de esa materia o personalidad, las relaciones amistosas que ha tenido con ésta, si es contemporánea, dándonos por último una lista de sus obras y unos datos biográficos del mismo o cuando más citando las opiniones de otros. No hay que esperar que nos dé su opinión personal, ni crítica. Lo que más podemos sacarle son esos juicios de clisé: «Una de las más ilustres personalidades literarias», «el ilustre artista, émulo de Rafael», etc. Si se trata, no de personas sino de materias, nos hablará de lo que otros han dicho, quedando siempre para un mañana que nunca llega, el saber lo que él piensa.
Cuando la materia o el autor son desconocidos, el conferenciante especialista puede darse gusto, diciendo cuanto le venga en ganas, sea cierto o no, justo o equivocado, pues, como nadie está en antecedentes del asunto, sus palabras parecerán al auditorio, poco menos que bajadas del cielo.
Dentro de este grupo de conferenciantes consagrados, suele haber un tipo muy curioso: aquel cuya notabilidad no estriba en ser especialista en tal o cual materia, sino en abrir o cerrar las veladas literarias, artísticas o científicas que se celebren, importándole poco la materia o personalidad sobre las que se trata en la fiesta o sesión. Él habla de todo con el mayor desparpajo, entre otras razones, porque lo ignota todo, y llega a convertirse a veces en un conferenciante ametralladora, que basta que le toquen el resorte para que se dispare. Su orgullo es la improvisación. Y para hacer alarde de sus facultades improvisadoras llegará a veces a extremos inauditos, interrumpiendo el discurso para darle un abrazo a alguna eminencia que llega y con la que conversa dos o tres minutos y hasta retirándose breves momentos de la tribuna para recibir algún recado o realizar alguna urgente ocupación o necesidad.
El conferenciante novato suele set el niño prodigio o el aficionado a las letras, artes o ciencia, que ya ha garrapateado sus articulitos, publicándolos como futura gloria cubana y promesa intelectual de la patria, en periódicos o revistas, acompañado del retrato en actitud artística, y en el que se vea, ya en la melena, las gafas, la seriedad o el gesto de pensador de Rodin, en qué piensa especializarse este próximo consagrado.
Aire de suficiencia, voz engolada, gestos amanerados, son las características del conferencista novato cuando está en el ejercicio de sus trascendentales funciones. Al subir a la tribuna, se limpia el sudor con el pañuelo, toma agua, tose, mira al auditorio, hace creer que está pensando y, entonces, recita el trabajo que se aprendió de memoria después de largas noches de vela, y que ahora da el timo de que está improvisando. Otras veces lo recita con el papel a la vista, por si se equivoca, teniendo algunos, en este caso, tal memoria que no sólo se aprenden la conferencia sino el momento en que deben cambiar la página del manuscrito que llevan.
Mientras más novato es el conferenciante más delirio tiene de erudición, pues necesita hacer alarde de que si es joven en años es maduro en sapiencia. Esta erudición se convierte en copia o calco de lo que otros han dicho, y las conferencias son lo que en periodismo se llama informaciones. La deben adornar con citas hechas en idiomas extranjeros, principalmente si el conferenciante los ignora. A la tercera conferencia estos niños, si son vivos, se convierten en notabilidades, y a la quinta o sexta en jóvenes consagrados.

EL PÚBLICO
Si las conferencias fueran, entre nosotros, actos culturales, como son en otros países, a ellas asistirían solamente aquellas personas estudiosas o cultas, ya interesadas en el tema que va a desarrollar el conferencista, va deseosas de oír a éste, si se trataba de un conferenciante de renombre y prestigio, o curiosas de conocerlo, si era novato, y poder aquilatar sus méritos intelectuales.
Este es el público que le interesa al verdadero conferencista, importándole poco, a los efectos y resultados culturales, que sea numeroso o reducido, pues lo indispensable y útil es que tenga interés y curiosidad intelectual; que no vaya a ese acto, por el acto en sí, o porque va la gente, o por figurao, o para que se crean que es intelectual, o con el propósito de verse con la novia o el novio. Las conferencias, las buenas conferencias, requieren calidad no cantidad de público. En las que se celebran entre nosotros, la cantidad es lo que predomina. Y es la cantidad lo que suele buscarse generalmente por los organizadores de las mismas; y para lograr esa cantidad han convertido las conferencias en lo que Lanuza llamaría adornándolas con números de música, cantos, recitaciones, etc.
Así, con sólo que asistan los familiares y amigos íntimos de las numerosas personas que figuran en el programa, se llena el salón.
Y a estos concurrentes hay que agregar: novios y novias que van a pasar el rato y hacerse el amor; muchachas en la edad crítica, y hasta pasado de ella y convertidas en solteronas, en busca de un novio que, llevándolas al altar, les resuelva el problema económico, ya que para el sentimental siempre hay tiempo, no apura tanto, y las formas de solución son muy diversas. Todas esas niñas llevan, desde luego, la compañía inevitable de la respetable mamá, celosa guardadora de la virtud de su hija, aunque dispuesta siempre a hacerse la vista gorda si el joven acompañante o novio es un buen partido y está dispuesto a morder el anzuelo. Como hay números de música en estas pintorescas conferencias, hay asistentes que van por la música. Otra gran mayoría, por pasar el rato, porque no tienen donde ir esa noche o tarde, o porque es un espectáculo gratuito, variado y divertido, donde se suele pasar bastante bien.
A oír al conferenciante, sí es verdad que asisten muy pocas personas: algún familiar o amigo íntimo, los únicos que van de buena fe; y como no lo entienden, mientras más barbaridades diga, si las dice con gran desparpajo y voz engolada, les parecerá mejor la conferencia y más inteligente y valioso su pariente o amigo.
Las demás, aunque pocas, personas que se toman el trabajo de ir por la conferencia o por el conferenciante, más le valdría a éste que no concurrieran, porque la única finalidad que les lleva a ese acto es cazar sus gazapos, errores y barbaridades, con el fin de poder arrancarle mejor la tira del pellejo a su compañero en las letras o artes, sin perjuicio de darle, al bajar de la tribuna, abrazos y palmaditas muy cariñosas, exclamando:
¡Muy bien, muy bien! ¡Colosal! ¡Admirable!
Momentos antes han estado diciendo horrores del conferenciante y ponderando lo ignorante y estúpido que es y las barbaridades que dijo en la conferencia. Los que así proceden son los literatos y artistas, sus amigos y compañeros de cenáculo o piña intelectual.
Hay también, los que asiduamente concurren a las conferencias para darse pisto de que son intelectuales, pobres diablos que se gastan unos cuantos pesos en libros, a fin de poder alternar, mencionando títulos de obras y nombres de autores, en las conversaciones que, entre literatos o artistas, se sostienen antes y después de las conferencias.
Por último, hay un tipo extraordinariamente interesante que no falta a ninguna conferencia o acto con visos culturales, sea cualquiera la índole de la materia que se desarrolle o el carácter de la institución o sociedad que ofrezca la fiesta. Este tipo, respetable anciano de reluciente calva o hirsuta melena blanca, largo bigote o copiosa barba, de buen aspecto físico y aire más o menos distinguido, pertenece a este grupo interesantísimo que yo clasifiqué y bauticé hace tiempo, hombres fachada.
Este tipo no va ni por la conferencia, ni por el conferenciante, va exclusivamente… por sentarse en la presidencia. Esa es su única obsesión, su monomanía, su locura.
Llegue tarde o temprano, se dirige resueltamente al estrado presidencial o al grupo de los directores de la sociedad u organizadores del acto. Cuando llega el momento de comenzar la conferencia, él se coloca, sin temor ni pena, en la plataforma donde estén los que presiden el acto. Si llega tarde, hará de manera que lo vean desde la mesa presidencial, lo llamen y le den un puesto.
A uno de estos tipos, como cosa muy rara, se le oyó decir en cierta ocasión, contemplando un cuadro:
Tiene mucho carácter…

  Emilio Roig de Leuchsenring

Recomendamos

Discurso del Premio Nobel de Literatura 2020

En el año 2020, la Academia Sueca entregó el Premio Nobel de Literatura a la …

La fiesta del Guatao

Uno de los mitos urbanos que ha recorrido las provincias de Cuba es el «Mito …

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

dieciseis − 11 =