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La otra mejilla de GV Andersen

Jamás he sido un escritor dado a rebatir posiciones adversas —de segundas y terceras personas, por supuesto— respecto a mi propia obra. Es mucho más placentero disfrutar de ciertas reacciones surgidas del intelecto y la capacidad de comprensión de cada quien. Si dichas reacciones provienen de un análisis concienzudo, casi experto, las respeto aún más por el hecho evidente de que hace de mi obra un producto mejor acabado, mucho más sólido, de lo que pudiere aportarle un simple “me gusta”, “no me gusta”. Sin embargo, cualquier juicio valorativo contiene per se una dosis de subjetividad, otra —cosa distinta—, de conocimiento.
Sin mayores rodeos, en la página web Librínsula, de la Biblioteca Nacional José Martí, fue publicado recientemente un artículo bajo el nombre “La mano de G.V Andersen”, por alguien llamado Frank D. Frías. El artículo se refiere al libro Etzamián de Ediciones Unión, que fuera galardonado con el Premio David 2014, del cual soy el autor. En principio estuve de acuerdo con la opinión que el señor Frías hizo sobre la obra, y no me refiero a las cuestiones positivas de las que habla suficiente, sino a lo que creo fue mi falta de pericia para solazarlo en ambientes determinados, fuera del contexto insular, a la altura de escritores como Algernon Blackwood o Mika Waltari —ambos citados por nuestro epistemólogo señor Frías—. En el párrafo anterior el crítico ya había hecho uso de otro nombre ilustre, como el de Agatha Christie, al reconocer su incapacidad para mantener el hilo de las historias de Etzamián, cosa que, cito, “no me sucede con buenos escritores”. Enseguida me asaltaron un par de preguntas: ¿No resulta un tanto incongruente este señor Frías? ¿No es acaso un profesional que responde a ciertas normas éticas, más cuando representa a una institución tan prestigiosa como la Biblioteca Nacional José Martí? En lo personal sentí ganas de agradecerle, pues sus comparaciones me vaticinan un futuro promisorio en este andar tortuoso de las letras.
Más adelante los símiles “elogiosos” continuaron su llovizna en la crítica de Frank D. Frías. Menciona a Ernest Hemingway y El viejo y el mar, a Víctor Hugo y su personaje Jean Valjean de Los Miserables, pero ya comentaré al respecto. A medida que avancé en la lectura del artículo, pude percatarme del carácter subjetivísimo del comentario de este, nuestro amigo. Por consiguiente, su falta de preparación —al menos para asumir esta crítica— lo fue superando. Lo relativo a su sapiencia se difuminó de a poco, hasta quedar emborronada en la magra mención de autores célebres. ¿Cómo es esto posible? ¿También son publicables tales cosas? Por ejemplo, Etzamián comienza con una introducción que por supuesto hace referencia al último cuento del libro, como — ¡oh, cuánta perspicacia!— adivina el señor Frías; pero otra vez es incapaz de darse cuenta por mera asociación de acontecimientos entre la introducción y el cuento final, que existe un elemento capaz de enlazar todas las historias. Entonces, sin el mínimo pudor, culpa a la editora. O sea, si nuestro despistado señor Frías no entiende alguna cosa, alguien tiene la culpa y en este caso, es la editora. ¡Quedé horrorizado!
La introducción que tanto molesta a Frank D. Frías, termina diciendo: “Fue él quien me obsequió el extraño objeto —un ojo de porcelana— que luego me hizo soñar con estas historias. Todas son ciertas, aunque en nuestra realidad las creamos imposibles”. Luego, debajo, firma Govaz Ander, personaje del propio libro —pero Frías ni por enterado—. Y comenta el crítico: “Bueno, si las creemos imposibles (un tanto médium el autor para saber qué pensamos los que leemos su libro), es porque no son creíbles, y solo el escritor cree en ellas”. Luego de siete años, a pesar de lo distante, mantengo una excelente relación con el profesor y Premio Nacional de Literatura Eduardo Heras León. A lo mejor, Frank D. Frías pudiera estudiar en el Centro Onelio Jorge Cardoso, a petición mía, alguna conferencia que tenga que ver con los personajes, así se percataría de que autor y personajes están desligados aunque el primero sea quien escriba sobre los segundos.
Hubo un cuento en especial contra el que el representante de la Biblioteca arremetió: “Teoría del Caos”. El señor lo llama “espíritu de crear para el viento”. Le molesta hasta el nombre dado a un portugués común —que él asume brasileño con no sé qué libertad—: Joao, o sea, Juan, del mismo modo que Jack para los anglófonos o Jean para los franceses, y en un libro lleno de nombres enrevesados desde el propio título, al señor Frías le molesta. ¿Eso de comparar no es bueno ahora? Don Juan Tenorio, por ejemplo, Juan Quinquín en Pueblo Mocho, Juan y las habichuelas mágicas, el San Juan de los evangelios bíblicos. En fin, cuestiones de gusto. Por cierto, el 22 de mayo había salido publicado ese cuento en “El Tintero” del periódico Juventud Rebelde, gracias a la anuencia de los redactores y de la escritora Marilín Bobes.
Bien, Frank D. Frías ataca la verosimilitud del cuento, comparando los acontecimientos que allí acaecen con lo ocurrido en Hiroshima y Nagasaki. Primero pasa por alto que el nombre es “Teoría del Caos”, que teoría, en una de sus acepciones es un razonamiento, a menudo sin base lógica ni científica, para explicar un suceso, un fenómeno u otra cosa. Por consiguiente, todo el cuento transcurre en una visión experimentada por el tal Joao antes de matar una cucaracha. ¡Una visión sin fundamento lógico, por Dios! Para colmo en la imaginación de un hombre sin otra virtud que la de tener ese tipo de visiones. ¡Por supuesto que es imposible, y puedo argumentar con basamento científico cada uno de los elementos descritos por mí en el relato! Si la cuestión del señor Frías es ponerse tenso, pues le explico que el cuento es la misma visión tenida por Juan en el Nuevo Testamento sobre el Apocalipsis, ni tiene fundamento lógico, ni científico, y sí tiene medio mundo de creyentes, y aún en nuestros días se desparrama sangre a causa de la religión. ¿No es esto inverosímil? Incluso, ¿no es más inverosímil que un señor Frías emita un criterio oficial sobre un género literario que a todas luces no comprende? La cita que cierra el cuento es un proverbio chino en el que el crítico no cree, pero yo sí, por cuanto “se ha dicho que algo tan insignificante como el aleteo de una mariposa —bien se aplica a un señor Frías— puede causar un tifón al otro lado del mundo”, más aún para un autor incipiente como yo en manos de un tipo provocador, falto de conocimiento, de agudeza, de respeto, y sobre todo carente de la más mínima noción de ética.
El artículo publicado por Librínsula continúa diciendo: “Perdí el interés en un libro donde mi capacidad de pensar no es respetada”. Todo manejado desde la súper-primerísima-persona del señor Frías que se estima-mucho-más-de-lo-debido… ¡Imagínese! Si su capacidad de pensar nunca fue respetada porque todo estaba dicho, y aun así es hasta hoy la única persona incapaz de entrever los códigos del libro —para afirmarlo me avalan otras críticas publicadas, incluso la de la señora Cira Romero, a la cual admiro y respeto—, ahora intento imaginar qué hubiese sucedido si lo llego a escribir de otro modo. Digo, con toda sensatez, deberían repensarse el nivel de responsabilidad que se le ha otorgado a un señor que nada conoce de las cuestiones sobre técnicas narrativas referidas al punto de vista temporal, donde cualquier escritor sabe que existe un tiempo cronológico y otro, bien distinto, psicológico. El relato de Ambrose Bierce “Un suceso en el puente del riachuelo del búho” es el ejemplo clásico, como lo es “El milagro secreto” de Jorge Luis Borges. Pero no le es suficiente a Frank D. Frías y en el artículo se apoya de un pasaje en el cuento “Después de la guerra” del libro para hacer gala de su ignorancia; incluso invita “a cualquiera a mirar su reloj, no hace falta, para comprobar cuánto dura un segundo. Una oración simple apenas cabe en un segundo a modo de pensamiento. Hay escritores que se dejan llevar, se sueltan demasiado”. Y concluye: “Son los editores los que deberían aquí en mi país, justificar algo más el salario. Son pocos los editores que hacen un verdadero trabajo editorial.”
Cual perro rabioso sediento de sangre —mordedura sin dientes, debo decir—, arremete: “voy sobre el editor.” O sea, este amigo avezado en cazar moscas se cree toda una institución, se vanagloria de su saña, y se lanza frenético sobre el texto de contracubierta donde la editora Amanda Fleites nombra a Etzamián un personaje memorable. Es cierto que el calificativo “memorable” es cosa del tiempo, que reserva sus mejores jugos a pocos grandes personajes, pero ¿esto justifica que descaradamente se le permita a Frank D. Frías decir “a los socios se les tira un cabo, pero con dignidad. Quien escribió eso se pudo referir a los personajes de varias formas positivas sin prostituirse tanto”?

Primero, yo soy un joven escritor de provincia, que si algún logro tiene es el de haberse hecho camino sin conocer a nadie. Lo que él llama “socios” con tanto cinismo, pudiera ser una práctica aprendida en su experiencia laboral. Yo, sin embargo, solo pude ver a la editora en persona no más de dos veces y por el tiempo máximo de una hora. El proceso de edición transcurrió a distancia gracias a la tecnología, y me siento satisfecho de la prontitud con que se realizara. Lo de prostituirse es un insulto a mi trabajo como creador y al de la editora. Ante tal ofensa me vi de brazos cruzados, pues la página del artículo carece de la opción para comentar, cosa que al menos me hubiese permitido recordarle a Frías los orígenes antropológicos de su estirpe. El señor Frías tampoco perdió la oportunidad de recordarme que el Premio David es para principiantes. Lo soy. Pero con el aval de un jurado compuesto por grandísimos escritores nacionales que ese año vieron mi obra con mejores ojos: Laidi Fernández de Juan, Emerio Medina y Raúl Aguiar. Ninguno necesita presentación, aunque tal vez el propio Frías no sepa de quiénes hablo cuando en el artículo refiriera: “al fin al cabo un jurado le dio méritos a su libro”.
La labor del crítico literario, vista en una sociedad como la nuestra necesitada de rescatar a sus lectores, debe ser constructiva, en la búsqueda constante de una mejor forma de hacer, sin lisonjas viciadas, pero con los fundamentos de un conocedor, como corresponde. Es lamentable que estos actos encuentren cauce en nuestras publicaciones, máxime cuando se trata de una entidad tan prestigiosa como la Biblioteca Nacional José Martí.
El señor Frank D. Frías deliberadamente me ha faltado al respeto, lo peor no solo a mí, sino a Ediciones Unión con sus palabras insidiosas, a la editora de Etzamián, Amanda Fleites, a los lectores de Librínsula, a la Biblioteca Nacional y a la labor de los críticos literarios de nuestro país. Es él quien debería justificar mejor su salario, ¿o será que no lo necesita porque puede acudir a “socios” que le permiten prostituirse a nombre de otros que dedicamos los días al trabajo de crear? Hoy espero una respuesta de la institución involucrada en semejante desatino. Mientras tanto continúo escribiendo, pues alguien tiene que darle de comer al señor Frías…

GV Andersen

Respuesta al artículo publicado en Librínsula (en la sección Nombrar las Cosas) publicación digital perteneciente a la Biblioteca Nacional José Martí, ciudad de La Habana, con fecha 30/4/16 por el autor Frank D. Frías.

Referencia al  artículo: http://librinsula.bnjm.cu/secciones/352/nombrar/352_nombrar_1.html

  GV Andersen

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