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La naranja plástica

Octubre de 2009, 02.00 am. Un punto de la costa norte de Cuba.

Hermanito, tranquilo, serénate, es la segunda vez que lo intentamos, la primera falló pero verás que esta noche nos vamos de aquí aunque sea para los Everglades.

¿Qué son los Everglades, Robe?- preguntó el muchacho de unos once años a su hermano de veinte.

Eso es como una ciénaga, niño, allá por La Florida en los Estados Unidos.

contestó Robe dándose un manotazo en la parte trasera del cuello- allí también ha de haber mosquitos pero seguro no tan impertinentes como estos.

Robe, yo quiero volver a la casa, tengo miedo, esta oscuridad y esos que nos trajeron que son igualitos a los malos del televisor, sobre todo el de la barba… -dijo el niño mirando a los dos hombres que conversaban muy bajo, acuclillados unos metros a su izquierda.

No, niño, esos son amigos, nos vamos juntos de este país, con Mami muerta ya no pintamos nada aquí, además, Papá pagó mucho por nosotros,  ahora lo que hace falta es que esa maldita lancha, la naranja plástica, como él le dice en los correos, acabe de llegar.

Y unos minutos después…, la naranja plástica llegó.

El de la barba fue el primero en abordar, después subieron los hermanos y finalmente el otro hombre. La embarcación salió de prisa pero una hora después comenzaron los fallos del motor.

¿Qué le pasa a esto, socio?- preguntó el de la barba al lanchero.

Sí, ¿qué está pasando, porqué ese ruido tan raro?- quiso saber el otro.

¡No sé, caballero! , hasta ahora estábamos avanzando bien, ni idea de cuál es el problema, a mí me garantizaron allá que esta chalupa era rápida y buena.

Pues trata de ver pronto qué pasa –continuó diciendo el barbudo- porque de contra, ahora está más oscuro, parece que va a llover, siento la humedad en la cara.

¿Parece?, ¡qué va, ya empezó! -exclamó el otro sujeto con voz notablemente nerviosa- esto es seguro tormenta y con la chalana rota….

Sí, estamos en apuros, socios, no se los voy a negar, la borrasca viene y parece fuerte, lo único que me anima por mi experiencia, es que los cayos deben estar cerca, ojalá lleguemos a uno.

Robe escuchaba sin decir palabras y tapa con su impermeable al hermanito, casi desmayado sobre sus piernas.

La oscilación de las olas era cada vez más intensa, la lluvia arreciaba y el motor no daba señales de mejoría. Fue entonces cuando sintió nauseas y la luz de un relámpago dibujada en el cielo, como en un cuadro dantesco, fue lo último que percibió antes de perder el conocimiento.

Al volver en sí, sentía dolor en todo el cuerpo y estaba medio aturdido pero aún tuvo fuerzas para gritar desesperadamente:

¡Niño! ¿Dónde estás, dime dónde, hermano? ¿Lanchero, qué lugar es este, dónde están los otros?

Pero nadie respondió.

El denso silencio acrecentó su desesperación, que al atisbar en derredor se tornó en espanto:

Detrás, un espeso manglar y un terreno pantanoso, perpetuo, como el de los Everglades de La Florida. Al frente, el mar, mudo, inmenso… y unos pedazos de plástico de color naranja flotando sobre el agua.

Sobre Jorge Luis Lufriú Beade

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Investigador. Doctor en Ciencias Pedagógicas.

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