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Ficciones

Pelea de Gallos

Los gallos se encontraron de frente con el instinto de supervivencia en los ojos y el brillo inusual que denota su naturaleza asesina. Los dos lanzaban sus espuelas desesperados, sin titubeos. Las mejores apuestas eran para el Pinto, famoso por dejar en otras peleas a cinco gallos ciegos y cuatro muertos, el Jabao sin embargo, lucía casi insignificante y apenas …

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Cuestión de precio

A Andrzej Sapkowski por el incomparable Geralt de Rivia Encontró el cadáver en la linde del bosque, rodeado por holografías de contención. A primera vista era obra de un Llu´cthu, rebautizado por los colonos como lamasu, por su extremo similar a la criatura mitológica con cuerpo de toro, felino, alas de águila y cabeza que recordaba la de un humano …

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XVII Heridas abiertas

Las paredes de la celda rezumaban gotas de agua salidas del corazón de la montaña. Dominic Kiebel sintió el alivio frío humedeciéndole la mano con que se sustentaba. Los vértigos le iban y venían en flujos interminables; bien hubiese agradecido sentarse un momento hasta que la sangre se le adueñara del rostro. Sin embargo, la paja bajo sus pies se …

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La dama del estanque

Nítara, el hechicero, la encontró una noche entre los nenúfares del estanque. Era la mujer más bella que alguna vez sus ojos vieron, en el largo peregrinar por este mundo. Sus cabellos de plata, arrojaban luz sobre las flores del estanque, transformándolas en cirios flotantes, cargados de plegarias de amor. La túnica aurea y las aguas a su alrededor, semejando …

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Matadero

Y pienso, qué tal si yo no hubiera estado allí aquel día, entre picaditos y vino barato, qué tal si, por capricho de eso que llaman sino, yo no hubiera alzado los ojos desde las fichas de dominó hasta el carmelita ofensivo de sus ojos. ¿Igual seguiría siendo ella? Las leyes les rinden, dijo, y después de Rafa me reí yo. Me reí menos en la oficina cuando Rafa me dijo es una niña buena haciendo énfasis en el niña abriéndome sin querer un abismo de culpa hasta el buena. Le digo que no hay nadie ahora, que ya se fueron, pero es mentira. Ahora que está boca arriba y me mira de esa manera no puedo decirle que Tareco vuelve a pasar haciéndose el epicúreo y mira más detenidamente, para comprobar lo que somos.

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Orfelina

Desde la puerta de la casa, la señora ve alejarse a Orfelina. Ingrávida. Feliz. La cesta de ropa sucia no le pesa. Solo el peso del don que carga evita que levante el vuelo por esos caminos. Cuántas ganas de llegar. Probárselo delante del espejo. Se verá linda de blanco. A nadie le queda mal el blanco. Eso piensa la señora y vuelve la mirada hacia el retrato en la pared donde ella y el vestido no son los de ahora. Recuerdos muy antiguos duermen en el vestido, es difícil ver que se alejan en los brazos de una muchacha lavandera. Pobre muchacha. Seguro se asusta cuando se vea a sí misma disfrazada de mujer. Debería asustarse. Tiene esa edad donde todo está a punto de ocurrir.

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No aceptes chicles de extraños

Bueno, a lo que íbamos. La mujer acerca uno de los álbumes que reposan en la mesa de centro. Las fotos son cromadas. Le pareció raro que una niña pelirroja estuviera en todas, o al menos en las que había visto. Es mi hija, va incluida. La niña vestida de novia de brazo del otro niño, esparciendo los pétalos, llevando los anillos al altar. Después: tocando un arpa, cantando, recitando un poema. Debajo de cada foto hay una pequeña pegatina que va leyendo; repara que la niña vuelve a estar en la siguiente foto.

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Horse

Vienen a mí huyendo de cualquier lugar donde robaron o mariconearon, los cobijo donde mismo fui cobijado y les doy como antes me dieron. Los negros maricones que no huelen a barril de pólvora ni a bodega hacinada, pero sí a mierda. ¡No te dije que si me dejabas me metía a gay! Y fue uno de los setecientos treinta tipos de aquel año, o los setecientos treinta del año anterior, o quizá los mil cuatrocientos sesenta: todos a la vez o cualquiera de ellos, el que me trajo este desaliento en los huesos, este catarro irremediable, este no poder andar, este morirme un poco todos los días.

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Directo de la mata

Elsa se miró el brazo, exactamente en donde le habían clavado la aguja. En su lugar, lo que había era un punto negro. Un suave olor a café comenzó a sentirse en la habitación. La enfermera cerró los ojos y aspiró aquel aroma. Notó que el doctor comenzó a mirar su brazo con detenimiento y tragaba saliva constantemente. Le ordenó a la enfermera salir a buscar algo que Elsa no pudo escuchar qué era. Elsa se quitó con el dedo la manchita negra donde había estado la aguja y se limpió en la mesa.

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Minificciones

Amaba a Cervantes y se hizo apodar Dulcinea. En subasta adquirió un mueble de la época para mecerse noche tras noche con la obra en su regazo. Memorizó cada página, cada palabra, cada frase hasta trastrocar ficción con realidad.

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