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El escritor medita en la fama esquiva

Julio Ortega (Casma, 1942), crítico, ensayista, profesor, poeta y narrador peruano cuya obra de pensamiento es una de las más importantes de América Latina, por sus lúcidas reflexiones acerca de la literatura y sus relaciones con la historia y la sociedad, es profesor en Brown U. desde 1989, donde ha dirigido el Departamento de Estudios Hispánicos y el Centro de Estudios Latinoamericanos.

Ha ejercido la docencia en las Universidades de Salamanca, Granada, Las Palmas, Universidad Católica de Chile, Central y Simón Bolívar en Venezuela, University of London y Cambridge University, U.K. Ha sido investigador en El Colegio de México y Barcelona. Vive en Estados Unidos desde hace treinta años, aunque también ha residido por períodos en Barcelona, Londres, Lima, México y Caracas.

Las numerosas distinciones y medallas recibidas por su labor como Miembro de Honor de la Academia Peruana de la Lengua, Doctor Honoris Causa de la Universidad de Los Angeles, Premio Internacional de Literatura, Juan Rulfo, entre otras, dan fe del  incalculable lugar que Julio Ortega ocupa en las letras hispanas.

Entre sus múltiples publicaciones críticas sobresalen El discurso de la abundancia (1992), Una poética del cambio (1992), Arte de innovar (1994), Retrato de Carlos Fuentes (1995), El principio radical de lo nuevo (1997) y Caja de herramientas. Prácticas culturales para el nuevo siglo chileno (2000).

Respecto a su obra narrativa, pueden citarse el libro de cuentos Las islas blancas (1966) y la novela Mediodía (1970). Su labor como antólogo ha sido fundamental para la promoción de jóvenes escritores latinoamericanos de variadas tendencias y nacionalidades, a través de títulos como Antología del cuento latinoamericano del siglo XXI (1997) y otro volumen similar que en la misma fecha dedicó a los poetas.

En esta ocasión, la sección Engavetados les ofrece estas reflexiones que nos entrega Julio Ortega sobre los escritores, el mercado literario y el papel de las editoriales en la Posteridad.

El escritor medita en la fama esquiva.

En los últimos tiempos resulta casi inevitable, entre escritores terminar hablando de editoriales, premios y agencias literarias. Esta obsesión del gremio probablemente se debe a las ilusiones del mercado. Y a las compensaciones mediáticas, que sustituyen la conducta errática del público lector. En Estados Unidos, entre los miles de títulos anuales, solo 110 libros llegan a vender cien mil ejemplares. En español, nuestros best sellers son más modestos.

Por lo mismo, la obsesión actual con el mercado literario es meramente compensatoria. Y si de eso se trata, me permito recomendar paciencia a los más jóvenes. Todos ganaremos un premio en España y formaremos parte de alguna antología, simplemente por razones estadísticas.

Muchos escritores, aunque carecieran de un público, han durado casi tanto como el PRI; y han dirigida editoriales y revistas más tiempo que Victoria Ocampo, quien pagaba por las suyas. Todos, además, han sido becados.

Es bueno, por eso, recordar que César Vallejo, como Borges y Lezama Lima después, pago por la impresión de sus primeros libros. Cesar Moro solo publico en vida dos breces colecciones de poemas. Emilio Adolfo Westphalen no tuvo un sueldo fijo ni un segundo de salud, y mucho menos una pensión. Enrique Molina solo obtuvo un premio en vida, el Pérez Bonalde, de la Casa de la Poesía de Caracas. (Murió, me contó su viuda, con esa presea entre las manos, pobre consuelo.) El propio Julio Cortázar recibió durante años unos derechos magros por sus libros, y no pudo vivir de ellos.
No me extraña, por lo mismo, que se haya fundado una peculiar agencia literaria, que sin proponérselo ilustra la comedia de la fama. Un escritor amigo, a quien le llego la carta circular de esta nueva agencia, me permite reproducirla aquí, espero que para lección de los incautos vecinos de la actual República de las Letras, amenazada por la redundancia. Copio, literalmente, lo que sigue.

Estimado escritor:

Esta carta se complace en anunciarle la posteridad.

Ud. y un grupo selecto de escritores de resonancia internacional son invitados hoy día a dedicar unos minutos a un tema que no ha inquietado aun su conciencia pero, dados los tiempos que vivimos, requiere su atención. Nos referimos a la posteridad de su nombre, a la trascendencia de su obra, a la memoria de su trabajo.

Somos en efecto, una nueva Agencia Literaria dedicada a la obra de nuestros mayores escritores, pero no cuando están entre nosotros sino cuando nos han dejado.

No habrá escapado a su atención el hecho efectivo de que la desaparición de cada uno de nuestros grandes autores es, cada vez, más conmemorada. Los diarios y telediarios dan la noticia de la recaída del artista de turno, reportan sus progresos y retrocesos, y nos preparan, a sus lectores, para el protocolo de la muerte: los homenajes y discursos, las entrevistas a los familiares y amigos, y los retratos y obituarios, que compiten en el ditirambo. Esa elocuencia del luto nos deja exhausto y precarios, pero también más justos y ceremoniosos. Pero es evidente que al poco tiempo, pocos meses después, la economía del olvido va borrando el gran nombre.

Sus obras completas se aplazan, las reediciones se cancelan, sus citas rotundas pierden convicción; y hasta las clases de literatura, con frívola contabilidad, descartan al autor apenas fallecido a nombre del próximo best seller. No menos crueles son las alusiones, cada vez más indiferentes y hasta displicentes, para no hablar ya de sus ideas, convertidas en meras opiniones. Sus crónicas dominicales, otrora famosas por el fervor de sus preferencias, son pronto juzgadas como el pan llevar del escribidor encarnizado. Poco a poco, el gran escritor de otrora es el Chocano de hoy día.
¿Se acuerda Ud. Del poeta modernista José Santos Chocano? Fue en su tiempo no solo muy leído y celebrado sino incluso coronado en la plaza pública de Lima. Los críticos de la hora, en sus suplementos literarios, anunciaban que Homero y Chocano habían recreado el género épico. Fue el héroe de los salones presidenciales y burgueses, y se llamo a sí mismo “el cantor de América.” Rubén Darío, que si fue un gran poeta, le temía a las cartas demandantes del colega estentóreo y duelista, cargado de un pistolón susceptible, con el que no tuvo reparos en matar a un joven poeta limeño. Darío era más bien huraño, socialmente esquivo; y hasta quien más lo elogio, Juan Valera, no dejo de constatar la desilusión de conocerlo. Fatigó la infamia, se dijo de Chocano, pero en verdad fatigó la fama.

Fugaz fama de las vitrinas, las ferias, los premios y los lectores noveleros, que compran libros gruesos para no tener la obligación de terminarlos, como dijo un ironista, porque si fueran delgados tendrían que leerlos. Fama triste de los que han envejecido en público, en el sinsabor de la repetición. Terminaron odiando al lector alineado en la firma de libros, que exige el nombre de su familia en ese objeto caro.

Dijo otro escéptico que los escritores son una clase de gente a la que pocas veces vale la pena conocer, casi nunca escuchar, y mucho menos leer.

Pero lo cierto es que en estos tiempos de ligereza y decepción, el público requiere compartir el valor añadido de una solapa de la gloria.

Por ello, La Posteridad es una agencia literaria contra estos tiempos de incredulidad mutua. Nuestro contrato le asegura, después de su partida, lo siguiente:

  1. Conmemorar cada mes el aniversario de su muerte. Para garantizar que estos retornos se sostienen en la gratitud, una Fundación con su nombre gestionara los eventos, y en cada caso lo hará junto a las agencias regionales y municipales de su comarca.
  2. Otorgar premios a los escritores más próximos a su reputación: traductores, críticos, polígrafos, quienes multiplicarán el pan y el vino de su renombre.
  3. Publicar sus Obras Completas en sociedad con las Naciones Unidas, o en el peor de los casos, con la OEA.
  4. Un concurso escolar perpetuara su obituario en los barrios marginales.
  5. Reeditar, antologar, promover y difundir varias ediciones de sus libros con el auspicio de algunos productos nacionales, fechas patrióticas, y campeonatos deportivos.
  6. Editar cada tantos algunos episodios biográficos más o menos secretos que alimenten la llama de la lectura voraz.
    Ud. Tuvo en su vida una formidable agencia literaria haciendo las cuentas de su éxito. Pero ahora tendrá una mas alerta, prologando discreta y periódica su paso robusto en el porvenir ilegible.
    La Posteridad es el ave fénix de la literatura contemporánea.

  Julio Ortega

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