Inicio / Ficciones / Cuestión de precio

Cuestión de precio

A Andrzej Sapkowski
por el incomparable Geralt de Rivia

Encontró el cadáver en la linde del bosque, rodeado por holografías de contención. A primera vista era obra de un Llu´cthu, rebautizado por los colonos como lamasu, por su extremo similar a la criatura mitológica con cuerpo de toro, felino, alas de águila y cabeza que recordaba la de un humano barbudo. Ahí se terminaban las semejanzas, porque la criatura no era una entidad celestial que pudiera tallarse en los dinteles de las casas para proteger a sus habitantes, sino de lo más común en el planeta Haen, salvaje, poseedor de una inteligencia cruel hasta la saciedad y mataba lo mismo al ser de buen corazón que al más ponzoñoso que pisara sustrato alguno.
Junto al cadáver del infeliz recolector de berenjes silvestres con su cesta llena de frutas, ahora desparramadas por la arenisca verdosa, se inclinó Andrómeda, venatora veterana, quien nunca se dejaba engañar por las primeras impresiones. Concluyó que las marcas de garras y las plumas pasaban, en efecto, por las de un lamasu, sin embargo, las mandíbulas eran diferentes: más pequeñas, con una mordida antinatural porque la carne alrededor de la marca estaba derretida. Además, el proceder sobre la víctima no era correcto: un lamasu se habría llevado la presa a su nido para dejarla corromperse y chupar el tuétano de los huesos. La criatura que ahora ocupaba su atención, rechazaba el esqueleto, se concentraba en músculos y grasa, dejando para disfrute de otros bichejos carroñeros, huesos, piel, tripas y el resto de los órganos, a excepción del corazón y el hígado.
Después de rebuscar entre los despojos se puso en pie para investigar otros rastros que pudieran aportar otra información. Ya en el propio bosque, múltiples huellas estaban impresas en el musgo blando que generaban los árboles, pero en realidad recordaban a hongos con troncos purulentos. Además de las huellas, siluetas humanas, restos de sangre y olores nauseabundos terminaban de aportar pinceladas al cuadro.
Andrómeda escupió. Una masacre. No estaba informada. El cadáver en la linde lo dejaron por cortesía, para que ella tuviera algo con qué entretenerse. Velázquez, el supervisor de la colonia humana Magallanes, iba a tener que responderle unas cuantas preguntas si deseaba que se resolviera el problema, así que dejó atrás el bosque y buscó su motolizador; un modelo reportado para chatarra, del que le costaba desprenderse. Aguantaba mejor que los vehículos que se preciaban de ser el último grito tecnológico, cuanta actualización fuera capaz de ponerle, incluso, la integración de una IA sin credenciales válidas.
—Accede al sistema de la colonia, lista las esquelas de los últimos seis tertius y muéstralas en pantalla ampliada.
¿Llegaste tarde a la fiesta?, bromeó la IA con voz de tenor desde la interfaz del timón; como Andrómeda no le respondió, emitió un suspiro que, de no estar instalado en un motolizador, pudo haber pasado por el de un humano. Listo. Violé los códigos de seguridad Ah789-3245-1 y el Pmsd-5789. No me gustan las violaciones. Siempre traen problemas, ¿qué le dirás al supervisor si recibe una notificación de que el sistema fue hackeado?
Andrómeda prestó atención a la holografía que se desplegaba en el aire. Desplazó las esquelas, leyó los nombres de los fallecidos, las circunstancias y, en especial, las fechas. Cerró la pantalla con un gesto descuidado y saltó al motolizador.
—Pon rumbo a la casa de Velázquez.
¿Después de repasar todos esos muertos, regresamos a la colonia? Es una pérdida de tiempo. ¿No vas a rastrear al lamasu?
—En otro momento. A la colonia. Ahora mismo.
El motolizador cobró vida con un zumbido levantándose unos centímetros del suelo. Andrómeda activó el casco de protección sobre su cabeza y se pegó al transporte al trasladarse por el sendero a una velocidad de vértigo. Por suerte la IA Kevin, antes androide sexual de Puerto Escape, se adaptó de manera fantástica a la función de asistente personal, operar medios de transporte y otras utilidades. Por desgracia, hablaba más que cinco viajeros interestelares.
Me pregunto por qué estamos en el culo del Universo conocido. Combustible gastado, terrible experiencia en puertos estelares y agujeros de gusano con turbulencias. Masoquista eres, Andro, masoquista. ¿No encontraste un mejor trabajo en el resto de las galaxias? No sé, un contrato por liquidar a otro biomédico loco como Herbert Jo, o deshacerte de una pandilla en un suburbio del planeta Cyber78. Allí necesitan a un venator estable. Es hora de que sentemos cabeza.
Cuando Kevin hablaba sin medida, Andrómeda tenía la costumbre de no responderle. Él la de defecarse en el hábito de ella.
Debiste acercarme y activar los sensores, o insertarme en tu flexpad. Ya tendríamos el cuerpo del lamasu y unidades en la cuenta. Pude ayudarte, ¿sabes? Cuando era un androide sexual tuve clientes muy curiosos. No fuiste la única venatora que jugó conmigo. Algunos pagaban para quedarse un poco más y darle a la lengua, no te imaginas…
—Le daban a la lengua y tú también, para después vender tus bancos de memoria a cualquiera que pudiera pagarte un pene nuevo con lucecitas en la punta.
¡Infrarrojos! ¡Y a todos les gustaba! Les hacía cosquillitas. A los seres biológicos les gustan las cosquillitas en o cerca de los órganos reproductores. Los que tengan. Una vez tuve este cliente de Celestia, un Magno, si mal no recuerdo, ¡tuve que metérselo por…!
—Ahórrate detalles… y palabras.
Kevin rió con su voz seductora.
A ti también te gustaron las cosquillitas.
Andrómeda emitió tal bufido que no necesitó más para expresar su desprecio. Kevin, que era parlanchín, pero no tenía ni una línea de tonto en el código, era capaz de reconocer límites. Por eso se quedó callado durante todo el trayecto hasta la colonia humana Magallanes.
La venatora esquivó las casas que recordaban la mitad de una naranja, incluso en la gama de colores con que estaban pintadas, para ir al medio cítrico más llamativo de la colonia. El motolizador se detuvo en la entrada, Andrómeda bajó del vehículo. Al tocar suelo, necesitó hacer un giro brusco para conservar el equilibrio. Aún no se adaptaba a la gravedad del planeta Haen.
¿No olvidas algo? preguntó Kevin.
Ella no se inmutó. Preocupada por recuperarse de las náuseas, disimuló su malestar al arreglarse la chaqueta negra y ponerse guantes. Aunque a primera vista era una humana sin hibridaciones, implantes biónicos ni mutaciones, por algún motivo el brillo de algún dispositivo subcutáneo o su cuerpo de sorprendente perfección y belleza provocaba nerviosismo en sus interlocutores. O quizás era más simple, como el saber que era una venatora.
¡Me olvidas a mí!, reclamó Kevin con un falsete. Quiero escuchar lo que Velázquez tiene para decir. Andrómeda extrajo el microchip que albergaba a Kevin y lo insertó en su flexpad. La voz de la IA surgió en el dispositivo: Pensé que me ibas a dejar otra vez en ese asqueroso motolizador. Tiemblo cuando debo encenderlo. Creo que se va a caer a pedazos y nos matará en cualquier camino. ¿Cuándo vas a cambiarlo?
—Cuando tenga unidades suficientes para hacerlo —respondió Andrómeda y se dirigió a la entrada de la casa del supervisor. Tocó el timbre y esperó.

Dame un cuerpo hermoso, ya que destruiste el mío en Puerto Escape, y verás cómo te conviertes en la venatora más rica de… de una galaxia. No rindo para dos.
—No. Y permanece callado, o te impongo un control de acceso.
Kevin guardó silencio. Se escuchó otra voz masculina desde un intercomunicador fuera de vista:
—¿Venatora? ¿Tan pronto vuelve? ¿Cazó a la bestia? —como Andrómeda no dijo palabra y resistió frente a la cámara con su mejor ceño fruncido, el hombre suspiró—. Muy bien, muy bien.
La puerta se abrió y la venatora se adentró en la vivienda. Era la primera vez que pisaba el lugar. Su encuentro con el supervisor Velázquez se llevó a cabo en el único motel de la colonia bautizado con el nombre de Hormiguero. Y, aun así, sus propietarios se mostraron resignados a que alguien como ella pisara sus instalaciones. Los venatores eran temidos, rechazados y respetados a partes iguales, pero solucionaban problemas. De cualquier tipo. Era cuestión de precio.
Andrómeda guardó para sí la sorpresa de la vista de la casa. La decoración le resultaba curiosa. En vez de forrar las paredes de holografías interactivas de libreros cuyos libros nunca serían tocados, cuadros del montón, adornos y estatuas cada cual más extraña que la anterior sin orden ni concierto, Velázquez tenía libreros de verdad con libros desgastados, cuadros palpables de Picasso, Rembrandt, Da Vinci y Miguel Ángel, organizados bajo temáticas y, como colofón de buen gusto, ninguna estatua gelatinosa de formas que desafiaban la imaginación.
Ya solo por los libros y las obras pictóricas (reproducciones manufacturadas), Velázquez bien podría venderlo todo a un anticuario excéntrico, obteniendo como resultado la posibilidad de comprarse la mitad de una estación espacial. Pero eso no iba a suceder. Velázquez era un nostálgico. Uno de pura raza.
—Por aquí, venatora, en mi estudio —anunció la voz del supervisor, desparramándose por la sala.
Las losas, a simple vista de granito pulido, desengañaron a Andrómeda al encenderse de un color amarillo brillante. Formaban un camino que discurría en el interior de la casa semiesférica.
Sigamos el camino de las losas amarillas y encontremos al Mago de Oz, rió Kevin, bajito.
Andrómeda caminó con cuidado de pisar el resplandor amarillo. Era una descortesía sorprender a los inquilinos de una casa. Si bien pensaba que la exposición de la sala era imponente, el estudio del supervisor no la defraudó. Más libros, más cuadros dispuestos con conocimiento. Allí estaban las estatuas. Dos. La Venus de Milo y el David de Miguel Ángel. Reproducciones perfectas, hechas en mármol terrestre.
Velázquez, maduro, de cejas pobladas, cabello negro salpicado de blanco, la esperaba de pie junto a su escritorio. En apariencias estaba en calma. Lo delataban sus dedos temblorosos que descansaban cerca del retrato de una muchacha de ondulado cabello negro y retadora mirada verde. Los mismos ojos del supervisor.
—¿Y bien? ¿Ya no tenemos que preocuparnos por la bestia, ese… lamasu, como lo llama la gente de la colonia? —dijo Velázquez, directo.
—Debo hacerle preguntas. Quiero sinceridad —atacó Andrómeda—. Ese trabajador, el que encontré en el bosque, no es la primera ni única víctima, ¿cierto?
El hombre le mantuvo la mirada. Andrómeda no cedió, acostumbrada a batallas silenciosas. Finalmente él señaló un butacón, invitándola a ocuparlo. El hombre, en vez de poner un escritorio por medio, se sentó en el mueble adyacente. Junto al retrato.
—Las desapariciones aisladas son normales por aquí. Coloniza un planeta codiciado con fauna pintoresca y, siendo nombrado supervisor de una de las colonias productoras, tienes bastante de qué preocuparte por un buen tiempo. Pero si a pesar de que contratas a un topógrafo, a un biomédico, pongas en marcha un plan de contingencia, las personas de la colonia no cesan de desaparecer o, peor, son encontradas en el bosque con las tripas afuera, lo más aconsejable es que se maneje con cautela. Nada de llamar la atención al presidente. Nada de solicitar comisiones de evaluación, nada de informes exhaustivos ni reportes de expertos. Se echa mano a lo que se tiene y, si no alcanza… se contrata a alguien que resuelva el problema. Alguien discreto. Porque como seguro sabrá, venatora, a nadie le gusta perder su cargo de supervisor.
—Obvio —murmuró Andrómeda.
Tan obvio como que todos los humanos tienen culo, apuntó Kevin por lo bajini.
—¿Dijo algo, venatora?
—No. Continúe, supervisor Velázquez.
—¿Por qué se golpea el brazo, padece algún calambre…? Hum, sí, le explicaba… los lamasus campan por aquí primero que nosotros. Mantienen el equilibrio. O algo así. Se comen a las bestias que nos hacen estragos en las plantaciones. Sus defecaciones son buen fertilizante. Incluso en la colonia un par de sabihondos se dedicaron a fomentar su protección, porque no faltó quien creía que sus huesos eran afrodisiacos o encontraron que sus pieles son bien recibidas en el mercado negro y los cazaban con trampas. Pero hace cinco tertius que desaparecen trabajadores en las áreas de plantación de berenjes… un par cada dos octomanas, nada muy alarmante. Jóvenes de ambos sexos…
—¿Siempre jóvenes?
—Sí. Desaparecían sin dejar rastro. Ni siquiera un berenje pisoteado. Después las cosas se calmaron, que le digo, venatora, pensé que la criatura o lo que fuera que se tragaba a los trabajadores se aburrió de nuestra colonia emprendiendo vuelo a otra zona e, incluso, a otro planeta. Porque, sabrá, lo he estudiado, el condenado lamasu, junto a las vulgarmente llamadas esfinges, arpías y sirenas, pueden realizar viajes interestelares. En la Tierra, cuando era Tierra, se registraron avistamientos curiosos de…
—Céntrese, supervisor. Las desapariciones cesaron. ¿Por cuánto tiempo?
—Un tertius. Lo siguiente que ocurrió…

Velázquez se quedó callado. Frunció los labios hasta convertirlos en una línea tensa. Posó los ojos, durante una fracción de segundo, en el cuadro de la muchacha de mirada de fuego verde. Andrómeda fingió no notar el gesto. Pero ya sabía lo que iba a decir a pesar de que no contaba con la precognición entre sus mejoras genéticas.
—Mi hija, Rocío, desapareció. Un golpe duro, venatora, porque era mi pieza fundamental para subir los escalones en la política de Haen. No era un secreto, así que se lo digo antes de que lo escuche de terceros. Imagínese, el mismísimo presidente del planeta le echó el ojo a mi Rocío. Al inicio ella no estaba de acuerdo. Muy viejo, me decía, muy viejo el presidente, padre… la entré en cintura, le recordé sus deberes… pero la chiquilla me hace esto, ¡desaparece! Mandé batidas al bosque, registré cada pedazo de la colonia, incluso contacté con los supervisores Gryzlov y Anjou… Nada. Se esfumó.
—¿Dejó un mensaje, algo fuera de lo usual en su habitación, alguien estaba involucrado sentimentalmente con ella, usted se oponía…?
—Venatora, ¿cree que no me he ocupado de eso? Contraté a un investigador que desechó la culpabilidad del buitre que rondaba a mi hija. Lo único que pudo determinar, es que Rocío fue a la zona de cosecha al atardecer. Y no volvió.
Andrómeda no le permitió al supervisor recuperarse:
—El resto de las desapariciones sobrevinieron después de la de su hija.
—Poco después, sí —admitió Velázquez, turbado por la indolencia de la mujer.
—No eran desapariciones, porque ahora quedaban restos identificables.
—Sí, en efecto… despojos de piel, huesos humanos… parecía que los hubieran chupado como… como berenjes maduros… ninguna otra criatura hace algo semejante. Algunos infelices, antes de abandonar este Universo, describieron al atacante como algo con garras y alas. Lo único que coincide por aquí, es un lamasu.
Velázquez sacó un pañuelo bordado de un bolsillo para secarse la cara. Sudaba a pesar del ambiente climatizado. Andrómeda, en cambio, conservaba una pose dominante en su butacón. Daba la impresión de haber sido tallada en la misma piedra que la Venus de Milo.
—Esto no puede continuar, venatora —dijo Velázquez en cuanto se hubo refrescado—, por eso le pago…
—Muy poco. Usted es un hombre rico. Yo, una venatora que apenas gana para el mantenimiento de su equipo. Usted tiene un problema más grande de lo que me explicó en nuestro primer encuentro. Yo lo puedo solucionar. Por el precio adecuado.
—¿Más unidades, eso pide…? ¡Es un maldito lamasu el que está matando a mis trabajadores…! —Velázquez se quedó callado. En silencio se debatía, negaba la posibilidad de su hija muerta. Se liberó de sentimientos al negar con la cabeza—. Le ofrecí un pago más que justo que cubre peligrosidad e, incluso, futuras reparaciones, si su equipo sufre daños…
—Era justo mientras creyera que se trata de una criatura hambrienta —Andrómeda se levantó para ajustarse la chaqueta negra sin quitar la mirada de Velázquez. El hombre comenzaba a incomodarse—. Pero no lo es. En ese bosque acecha algo más peligroso que un lamasu.
Velázquez se hundió en el butacón, vencido. Mas no permitió que el gesto de debilidad durase más de un par de segundos. También se puso en pie para sentirse al mismo nivel de la venatora que amenazaba con vaciar su cuenta.
—¿Cuánto? —preguntó con voz acerada.
—El séxtuple.
—¿Qué usted… sabe… cuánto…? —se atragantó. Recuperó el control de sí mismo al espetar—: es un robo, ¡a mano armada! ¿Qué pretende, llevar la colonia a la quiebra? ¿Es que no le late el corazón en el pecho?
—El séxtuple o nada —reafirmó Andrómeda sin inmutarse a la referencia directa de no poseer el órgano vital en todo humano—. Le advierto que me ocuparé de que ningún venator piense visitar muy pronto este planeta en el confín de…
—Fuera —Velázquez se acercó a Andrómeda con el rostro encarnado, señaló a la puerta del estudio—. Váyase de aquí. Tiene hasta mañana.
—Si cambia de opinión, estaré en el Hormiguero. Pero antes, le haré otra pregunta… —no esperó una aceptación del supervisor para continuar—: ¿En la colonia reside un biomédico llamado Charcot Duchenne…?
—Qué… usted… ¡no sé nada de ningún tal Charcot Duchenne! ¡Abandone mi casa, ahora mismo!
Andrómeda no se hizo de rogar. Esa vez, no hubo un amable camino de losas amarillas que le indicaran la salida. Necesitó encontrarla por sí sola. Afuera, abordó el motolizador con rumbo al motel Hormiguero. Kevin no dijo nada durante el regreso. Ni cuando Andrómeda tomó un baño caliente, menos en el momento en que se dirigió al comedor para sentarse en una mesa apartada para disfrutar de la cena. Tampoco durante el proceso de degustar la comida.
—¿No vas a hablar? —preguntó ella en voz baja después de apartar el plato con abundantes restos de alimentos. Las náuseas a causa del proceso de adaptación la asaltaban otra vez—. ¿Ninguna observación, un comentario mordaz o moraleja a través de una historia de tus clientes en Puerto Escape?
Fue demasiado. ¿El séxtuple? Solo con pedir el doble o, hasta el triple, lo hubiera aceptado. Pero lo llevaste al límite. Un hombre que de verdad se preocupa por su colonia…
—Un hombre que teme ser el próximo muerto cuando visite las plantaciones, nada más. Si de verdad le importase la colonia, habría hecho algo desde que comenzaron las desapariciones, así tuviera que informarle al presidente, arriesgándose a perder su cargo.
¿Entonces debo asumir que lo castigas por su egoísmo? No eres una predicadora.
—Por supuesto que no. El castigo es por mentiroso. Y mala paga.
Kevin guardó silencio. Por pocos segundos.
Tenemos compañía.
Andrómeda fingió no ver al joven que, con andar de tarántula nerviosa, deambulaba entre las mesas. Evitaba mirarla directamente, pero era obvio que buscaba la mejor manera de acercarse sin llamar la atención. Cosa tonta porque, con tanta indecisión solo causaba curiosidad en los visitantes del Hormiguero.
Al fin el hombre decidió que lo mejor era abordarla sin rodeos. Pronto lo tuvo de pie junto a ella en la mesa. El inesperado visitante vestido con los monos termoajustables típicos de las colonias humanas, ostentaba un engominado cabello oscuro, facciones que pudieran pasar por hermosas si no estuvieran rematadas por una nariz aquilina que recordaba las aves rapaces de la Tierra. Los ojos eran como carbones apagados a causa de sumergirse en estudios febriles. En conjunto, no daba muy buena impresión.
—¿Es usted la venatora? —preguntó intentando ocultar el temblor de la voz. Andrómeda contestó con una inclinación de cabeza. El individuo rapaz ocupó una silla cercana. Jugueteó con los pulgares unos segundos y habló con mayor firmeza—: Abandone el planeta mañana. Olvide darle caza al lamasu. Le pagaré bien.
—¿Cuánto? —preguntó ella. La vibración de su flexpad le indicó que Kevin estaba ansioso por hacer un comentario. Pero se aguantaba.
—El doble de lo que le va a pagar el supervisor por deshacerse de… de esa bestia —susurró el hombre—. No toque al lamasu. Váyase. Si lo hace, le aseguro que su cuenta engrosará con nuevas unidades.
—Hecho —aceptó Andrómeda sin apenas pensárselo.
El hombre arqueó una ceja, sorprendido.
—Pensé que sería más difícil, saber mis motivos para…
—No me importan. Me propuso una buena oferta. La acepté. Me iré mañana y usted cumplirá su promesa.
El rapaz, en silencio, esperó un poco más por si Andrómeda de repente era asaltada por un ataque de moralidad (cosa que sí parecía tener Kevin, a juzgar por cómo vibraba el flexpad) para, embargada de una sensación superior, abogara por la defensa de los inocentes. Pero la venatora permaneció inmutable, por consiguiente el hombre selló el pacto con una sonrisa de sorprendente perfección dental además del el recibimiento de un número de cuenta bancaria. Mas, cuando hizo el intento de levantarse, Andrómeda lo detuvo con un gesto impositivo.
—Sí estoy interesada en saber algo. Escuché hablar de un biomédico que reside aquí, en Haen. ¿Lo conoce?
—Es posible —respondió el rapaz con reservas—. Si me da más datos…
—Se llama Charcot Duchenne. Fue expulsado de la Academia Orbital de la Vía Láctea a causa de sus experimentos. Iban contra lo regulado por la Confederación de las Galaxias Unidas. Dicen las malas lenguas que, en vez de respetar testamentos, crear e insertar memorias de personas fallecidas en unidades androides, como está estipulado, los intentó resucitar… en carne y hueso. Crear redivivos. Todos sabemos que eso es tabú en el Universo Conocido.
El rapaz se quedó inmóvil, con sus ojos de carbón clavados en los heterocromáticos de Andrómeda.
—En el planeta reside un biomédico, por supuesto —dijo despacio—. Estuvo involucrado en la colonización. Pero no se llama Charcot Duchenne, sino Koch Jenner.
—¿Dónde puedo encontrarlo?
—En la colonia Sagallo. Puede ver allí al supervisor Gryzlov. La llevará con Koch.
Andrómeda lo despidió con otro gesto descortés. El rapaz no se lo pensó dos veces. Sin necesidad de gastar saliva en algo más, se marchó a toda prisa del comedor del Hormiguero, restaurándose el bullicio habitual.
—¿Hiciste el escáner facial? —preguntó Andrómeda.
Sí, respondió Kevin, a regañadientes. Según la base de datos de la colonia, es Ochract Necehund. Taxidermista, como Andrómeda no dijo nada, agregó: ya sabes, esos tipos raros que no se conforman con holografías y se dedican a diseccionar cuanto bicho les caiga en las manos para conservarlo de manera natural. O eso dicen ellos. En mi criterio, no tiene nada de preservación natural el matar a un animal para forrar un animatrónico con…
—Me informas cuando transfiera las unidades —ordenó Andrómeda al ponerse en pie—. Liquida la cuenta del motel. Nos vamos mañana.
Kevin emitió un bufido de disgusto. Pero obedeció, porque para eso era la IA de la venatora que lo salvó de la destrucción. Andrómeda se retiró a su habitación lugar donde, una vez a solas, Kevin hizo buen uso del sistema de sonido del flexpad.
Llegaste al límite, Andro, bravo, te superaste a ti misma. Presionas al supervisor para que te pague una millonada, decides irte ante su negativa, pero ahora, aparece un tipejo raro para pagarte por una decisión que ya tomaste. En vez de decirle que te vas gratis, lo estafas, te largas, ¡y condenas a toda una colonia a morir destripada, solo porque no quieres renegociar con el supervisor!
—Soy una venatora, no una Hermana de la Caridad —replicó Andrómeda programando una pared de la habitación para imitar un espejo—. Si lo prefieres, prometo dejarte en el sistema de cualquier templo que encontremos por el camino.
Frente al recién formado espejo, se quitó el pullover gris de tejido de kevlar, la chaqueta y pantalón negros, uniforme de los venatores, para vestir un negligé púrpura.
Hazlo si quieres, seguiré pensando que esto está mal, refunfuñó Kevin. No puedes abandonar a estas personas a su suerte, no ahora que sabes el peligro que sufren al ir a las plantaciones. ¡Haen está en una de las galaxias del confín! ¡No necesitas advertirle a algún venator que no venga a pasar las vacaciones aquí! ¿Qué te cuesta sacrificar un poco de unidades, qué te cuesta renegociar con el supervisor? ¡Está en tus manos cambiar el destino de esta colonia!
—¿Me estás dando lecciones de moral? —preguntó ella con calma en contrapunto con la IA exaltada. Compuso su cabello rojo, ondulado, de tal manera que le enmarcara el rostro. Así sus ojos de diferente color: verde, azul, resaltaban sobremanera—. ¿Tú, que elegiste vender los secretos de tus clientes en Puerto Escape para comprarte mejoras, juguetes nuevos, alcanzar la fama?
Vendí a los que lo merecieron. No todo lo que se arrastraba en mi habitáculo era basura. Lo sabes bien.
—¿Qué sabes tú de juzgar, Kevin? ¿De castigar al malvado, de premiar al de buen corazón?
Más que tú, al parecer. Te has dejado contaminar por el código de los venatores, ¡has permitido que esa programación influya en tu lado humano…! Oh…
—«Oh», ¿qué?
Recibí un mensaje de la IA nueve punto cero, cero… ah, rayos, la IA Ramón. El supervisor Velázquez espera en el salón del Hormiguero. Solicita una entrevista contigo. ¿Cancelo?
—No. Dale el número de la habitación. Permítele el acceso.
Kevin se quedó mudo. Por corto tiempo.
¿A qué juegas, Andro?
—¿Me reclamas por darle una segunda oportunidad al supervisor? Hazlo pasar.
Hecho. Odio a las IA formales. Mensaje recepcionado, código verificado, en ejecución, encuentro inminente en dos minutos con treinta segundos, bla, bla, bla. ¿No puede responderme solo con un: está bien, nos vemos en dos minutos…?
Andrómeda ocupó un butacón para recibir al supervisor Velázquez quien entró en la habitación con aspecto sombrío. Su flexpad asomaba por debajo de la manga de la camisa. Una diminuta luz roja parpadeaba en el dispositivo. La IA Ramón formalmente anunciaba a Kevin que el supervisor ya estaba allí, como si nadie pudiera notarlo.
—El doble —dijo Velázquez sin preámbulos. Su rostro presentaba leves tintes de ofensa, sin embargo, en sus ojos bailaba la derrota. Como Andrómeda se limitó a mirarlo con fijeza, el hombre cerró las manos en puños—. El doble y medio.
—Mejor —aceptó Andrómeda. El rostro de Velázquez brilló de alivio, abrió las manos, se tambaleó al dar un paso atrás con la intención de recostarse disimuladamente en la pared del espejo. La liberación de tensiones era capaz de provocar desequilibrios peligrosos—. Mañana en la tarde estará resuelto el problema.
—Gracias, venatora —dijo Velázquez con los dientes apretados—. Me alegra ver que podemos llegar a un acuerdo. Recibirá la transferencia cuando termine el trabajo.
Andrómeda, como había hecho con el taxidermista rapaz, despidió al supervisor con un ademán disciplente, como si fuese ella la dueña de la colonia que acabase de sellar un pacto leonino con una empresa insignificante. Velázquez, sin embargo, no se marchó al instante, aunque presentase una expresión de pura furia.
—Me preguntó por un biomédico que reside aquí, en Haen —dijo. Andrómeda arqueó las cejas, expresión universal de interés—. Tenemos uno. Pero no se llama Charcot Duchenne…
—No me interesa —lo cortó ella—. Ya tengo la información que necesito. Lo buscaré cuando termine el trabajo.
Velázquez se encogió de hombros y abandonó la habitación sin decir otra palabra. Andrómeda en cambio, no fomentó ninguna discusión con Kevin. Le ordenó hibernar mientras ella hizo el equivalente humano: dormir. Temprano en la mañana, Andrómeda recogió el poco equipaje que tenía en el motel para abandonarlo sin revuelos. Mientras sacaba el motolizador del estacionamiento subterráneo del Hormiguero, pudo localizar entre algunos curiosos que la observaban marcharse, al taxidermista Necehund. Comprobaba con sus propios ojos que ella cumpliera su parte del trato.
Andrómeda encendió el motolizador, en segundos, abandonó la colonia rumbo al puerto espacial, donde estaba su nave Casiopea. Su flexpad vibró. Avisaba en modo silencioso que el taxidermista acababa de hacer una generosa contribución a su cuenta personal.
¿Por qué vamos al puerto? ¡Pensé que hicimos un acuerdo con el supervisor, que ibas a rechazar las unidades del taxidermista! ¿O sigues el pacto con el tipo raro…?
Andrómeda, sin explicación alguna, giró el motolizador. De repente, iban directo a los bosques. Kevin permaneció en silencio por pocos minutos.
Será mejor que me expliques, porque comienzo a sentirme confundido. ¿Vas a devolverle las unidades al taxidermista?
—No. Me pagaron muy bien por solucionar el dilema. Incluso nuestro amigo Necehund aportó a la causa. ¿No te parece extraño, Kevin? Repasa los hechos. Conéctalos.
Kevin obedeció. Ya estaban en el bosque, aunque no iban a las plantaciones, sino por toda la linde.
Por la Glamorosa Yinkonka, Andro… la respuesta es… ¡Mierda!
—Y apesta.
Andrómeda detuvo el motolizador en el lugar donde examinara el cadáver del trabajador. Las contenciones holográficas señoreaban en el lugar, el cuerpo no. Lo retiraron para darle una cremación digna. La venatora desmontó del vehículo armada con una pistola universal (disparaba cualquier munición, incluido plasma).
Obvió las contenciones para adentrarse en el área donde ocurrió la masacre. Andrómeda revisaba el suelo musgoso con su visión infrarroja, mientras Kevin usaba los sensores del flexpad en el máximo de sensibilidad. Sin embargo, era un reto encontrar algo. Demasiadas pisadas, sangre, huidas precipitadas. Un caos.
Las inconveniencias de no tener cuerpo, suspiró Kevin de repente. Andro, por favor, ¿levantas el brazo?
La venatora, distraída, obedeció. Había encontrado unas huellas que destacaban entre las demás: pies menudos, ligeros, apenas impresos en el musgo. Descalzos. Las uñas eran tan largas que también estaban marcadas en el suelo. Se agachó a ver de cerca su descubrimiento.
Encontré un rastro.
Andrómeda se sobresaltó. Por instinto se puso en pie, como si esperase encontrar a Kevin junto a ella, señalándole algo. Sin embargo, era su propio brazo el que estaba en alto, Kevin no era más que una IA en su flexpad.
Arriba.
Levantó la cabeza. Enfocó el ramaje purulento del «árbol». Muchas ramificaciones estaban partidas. Parte de la copa similar al sombrero de una seta, estaba desgarrada por algo afilado. Zarpas. La criatura era demasiado pesada para posarse allí.
Si no me equivoco, también acechó desde el árbol a tu derecha, indicó la IA.
Andrómeda giró sobre su eje para mirar al lugar indicado. Echó a caminar bosque adentro. Aunque examinaba todo con sus infrarrojos, no prescindió de la asistencia de Kevin desde el flexpad. Si él descubrió de la primera pista, lo más sensato era dejarlo continuar el rastro.
Después de revolotear de árbol en árbol, la criatura había decidido descender a tierra, continuar por sus pies (porque eran piernas humanas) hasta su guarida, que resultó ser una caverna bajo una formación de algo que recordaba a la piedra, hasta que se comprobaba su consistencia gomosa. Andrómeda cargó la pistola con cápsulas químicas, preparadas para noquear hasta a un mastodonte lemiano.
El agujero no albergaba ningún peligro, solo un nido de plumas atestado de algún que otro bichejo de Haen.
¿Esto es todo? protestó Kevin. ¿Se fue de paseo sin decirnos?
—No me convence. Frente a la caverna, solo veo el rastro de entrada y es viejo. No ha salido de aquí desde la masacre. Activa el escáner. Analiza hasta el más mínimo rincón. Busca mecanismos ocultos, corrientes de aire o alteración térmica injustificada.
Ella alzó el flexpad para que la IA pudiera inspeccionar la caverna con meticulosidad.
¡Allí! ¡Justo en la pared norte! ¡Es una puerta oculta! Muy bien hecha, debo decir. No se detecta con equipamiento normal. Tiene un candado electrónico, ni siquiera un detector de huellas. Será código comido. Eres una genio, Andro.
Andrómeda esperó a que Kevin hackeara el candado. La pared se deslizó a un lado sin el menor ruido. Siguiendo esa máxima, Andrómeda bajó por las escaleras que conducían a un nivel inferior. Le ordenó a Kevin mantener silencio de radio. Sus cautelas se vieron justificadas cuando divisó una luz tenue al fondo de la bajada. Escuchó con atención. Voces.
—… nada, tranquila… ¿cómo pensaste que iba a permitirle eso? Lo prometí, mi avecita de ojos verdes, lo prometí… ¡no, no…! Sí, eso es, ¿te gusta? ¡Eres tan impaciente…!
Andrómeda cargó la pistola universal. Kevin no emitió sonido. Solo una vibración tenue, de alarma. Según la indicación en el flexpad, usaba un escáner de calor; lo que detectaba del otro lado de la pared no le gustaba. Sigilosa, Andrómeda abandonó la escalera, se deslizó en la habitación siguiente con gracia felina.
La vista no la defraudó.
Ochract Necehund, el taxidermista con apariencia de ave rapaz, estaba sentado en una silla de aspecto cómodo y, con la cabeza en su regazo, estaba una mujer joven, hermosa, desnuda, de sedoso cabello oscuro. Todo hubiese parecido normal si la muchacha no tuviera enormes alas emplumadas implantadas en la espalda, cola felina, las manos recubiertas de pelaje, las uñas sustituidas por garras negras de aspecto mortal, las mismas que presentaba en los pies menudos cubiertos de pequeñas escamas metálicas. Más que un lamasu, se asemejaba a una arpía.
Andrómeda en pleno provecho del factor sorpresa apuntó a la criatura alada con la pistola. No obstante Necehund era poseedor de un oído mejor del que aparentaba. Ante una exclamación suya, la criatura saltó lejos de él e, inexplicablemente, se fundió en las sombras de la estancia. Andrómeda chistó. Camuflaje. De ahí su eficiencia al matar.
—¿Qué haces aquí? —aulló el taxidermista—. ¡Te pagué para que te largaras, para que nos dejaras en paz! ¡Tú, sucia estafadora sin corazón, mala pécora…!
Hacía años luz que no escuchaba insultos tan antiguos y fuera de moda, comentó Kevin, bajito.
—Cállate, no me dejas escuchar a dónde se fue —dijo Andrómeda. Examinó con cuidado su entorno—. Transfiere los sensores térmicos a mi retina, ¡rápido!
—¡No has hecho más que arruinarlo todo, todo! ¿Quién te pagó más, quién…? ¿Ese idiota del supervisor…? —continuó despotricando el taxidermista en su esquina, porque era lo bastante listo para no acercarse a una venatora armada—. ¡Mi avecita te matará, por atrevida…!
Andrómeda escuchó un sonido a su derecha. Sus ojos, ahora con la facultad de detectar calor, dibujaron una silueta alada que se agazapaba sujeta al techo irregular. Iba a atacar.
—¡Exoesqueleto! —exclamó al tiempo que apuntaba con la pistola a la criatura.
El flexpad emitió un pitido. Andrómeda quedó cubierta por una armadura de carburo de wolframio, seccionada como el caparazón de los extintos armadillos, otorgándole la capacidad de moverse con más potencia. El taxidermista ignorado en su rincón gritó al tiempo que la bestia saltaba sobre la venatora con un rugido ensordecedor, mas sus garras resbalaron sobre el exoesqueleto.
Andrómeda disparó. La criatura la esquivó de un salto y volvió a usar el camuflaje. La venatora la localizó de nuevo con su visión térmica, regalándole una andanada de balas que, una vez más, fueron esquivadas con una rapidez fuera de lo común para algo de constitución humana que cargaba un par de alas en la espalda.
Volvió a hacerse visible a pocos pasos a su izquierda, acechante. En su rostro de muñeca brillaban un par de ojos verdes. Los mismos que observara en el retrato que descansaba en el despacho del supervisor. La bestia fue, alguna vez, Rocío, la hija de Velázquez. Andrómeda se percató de la inutilidad de salvarla. En un movimiento entrenado, cargó las balas de plasma.
La arpía que para nada era tonta, se percató de que a distancia no iba a lograr nada. Burló nuevos disparos, penetró la línea de defensa de Andrómeda en un ataque furioso. Andrómeda se negó a soltar la pistola por si era capaz de acertar un disparo a quemarropa, y desplegó las cuchillas del exoesqueleto para cercenarla si era preciso, cosa que no logró, porque las garras de la bestia eran tan resistentes como su exoesqueleto. Todo se volvió un caos de gritos, gruñidos, forcejeos, como en una vulgar arena de luchadores.
—¡Mátala, mi avecita, sácale las tripas de adentro de esa lata…!
¡Dispárale, por amor al Universo!
—¿Qué…? ¡Argh! ¿Qué crees que intento…? ¡Atrás, malnacida…! ¿… intento hacer…?
¡A ella no! ¡A él! ¡Mis receptores de sonido van a explotar!
—¡Aráñala, busca sus ojos, sus ojos, mi avecita! ¡Ese cristal no aguantará tantos golpes ni tu saliva! ¡Mátala, mi avecita…!
¡Puaj! ¡Andro, esa cosa me lanzó un gargajo!
—¡Es ácido, idiota, no gargajo!
¡En un flexpad protegido es difícil saberlo…! ¡Hey… se oxida el exoesqueleto! ¡Esa cosa escupe ácido fluorhídrico! ¡Atrás, Andro… a campo abierto, tenemos que sacarla a campo abierto o te abrirá un agujero!
Andrómeda se separó de la arpía al usar los propulsores de sus pies en un salto imposible. Sin embargo, no se retiró por las escaleras, sino se abalanzó sobre el taxidermista quien chilló cuando lo agarró del cuello para usarlo de escudo. Al ver la maniobra la criatura se detuvo y, en esos breves segundos, Andrómeda le destrozó el hombro izquierdo de un disparo, cosa que solo la hizo enfurecerse más.
Andrómeda estaba segura de acertarle la próxima vez que apretara el gatillo, sin embargo, las náuseas regresaron en mal momento. La bestia la tuvo fácil en esquivar las balas; se mantuvo a una distancia prudente, mostrando los colmillos en unas mandíbulas que, de repente, eran antinaturales para un humano, porque estaban abiertas casi hasta las orejas.
Cautivadora sonrisa, murmuró Kevin.
—¡Ordénale que no se mueva! —susurró Andrómeda al taxidermista.
—¡No, no ataques, avecita! —exclamó Necehund, aterrado—. ¡No ataques!
La nueva Rocío ciega en su frenesí abrió más las mandíbulas. Del fondo de su garganta salió disparado un chorro de ácido que bañó al taxidermista. Necehund emitió un grito que Andrómeda nunca esperó escuchar de un ser humano y se precipitó sobre la criatura entre aullidos con un reclamo inteligible.
La venatora no desaprovechó el momento. Corrió a las escaleras donde los propulsores de las piernas la ayudaron a saltar los escalones de seis en seis. Cuando alcanzó la puerta, escuchó el rugido animal. De un impulso, cruzó la caverna hacia la luz. Sin mediar pausa, giró el torso atrás para apuntar. La arpía emergió en la boca de la formación, con el hombro izquierdo deshecho, la mandíbula descolgada con un nuevo buche de ácido a medio camino de ser regurgitado.
El disparo de plasma le desapareció la mitad de la cara.
Andrómeda cayó revuelta al suelo incorporándose de inmediato. La bestia se había desplomado en la entrada de la caverna, presa de estertores. Siempre con la pistola al frente, la venatora le disparó de nuevo, esta vez, al pecho desnudo. El plasma destrozó su piel de seda junto a unos senos perfectos. La sangre fluyó roja, humana, empapó las piedras gelatinosas, corrió al interior de la caverna. Por precaución, Andrómeda esperó los cinco minutos de rigor, inmóvil, apuntándole al abdomen. Como no se movió, ordenó a Kevin que replegara el exoesqueleto (imperaba una reparación urgente).Se agachó al lado del cuerpo con la intención de examinarlo.
¿Cómo Rocío terminó así? Una joven tan hermosa…
—Asumo que nuestro amigo taxidermista la amaba, pero ella no le correspondía. Él hizo algunas pruebas con jóvenes, para recordar tiempos pasados. Después, secuestró a Rocío. Como ella no se doblegaba, creó una copia de su memoria y personalidad, cambiando e introduciendo nuevos detalles como, por ejemplo, amor y deseo a su persona. Luego la asesinó, para tenerla a su lado como una rediviva.
¿Era una rediviva? preguntó Kevin con asombro.
Andrómeda no respondió. Palpó en el cráneo de la criatura donde encontró cuero cabelludo suelto bajo el cual se vislumbraba un parche metálico.
—No era tan perfecta —murmuró—. Kevin, abre el compartimiento.
El flexpad vibró. La lámina de metal liberó un microchip, el cual Andrómeda se guardó en un bolsillo de la chaqueta.
—Un trabajo chapucero. Esto no es una rediviva. Es una cognoscitiva.
¿Cuál es la diferencia? Esos conceptos siempre me resultaron confusos.
—Un cognoscitivo es cuando se codifica una conciencia de origen biológico, copiándose en un microchip. Está permitido bajo testamento, además, el microchip se debe implantar en un androide, no en un cuerpo biológico. Un redivivo es un ser biológico resucitado. Esa práctica está prohibida en el Universo Conocido.
Gracias por hablar mi idioma. Todo lo que encontraba al respecto estaba plagado de aburrido tecnicismo biomédico. Odio los tecnicismos. Ahora, ¿por qué este hombre espeluznante mezcló el ADN de Rocío con el de un lamasu? Vaya monstruo que creó.
—Con certeza, puedo decir que para cumplir algún fetiche sexual. Los humanos en general, están dispuestos a todo para recuperar lo que perdieron. Incluso, desafiar a la muerte.
Andrómeda se levantó. Cruzó por encima del cuerpo de Rocío, bajó a la habitación subterránea con la intención de confirmar el estado del taxidermista. Necehund estaba vivo, en un estado lamentable, agonizante. Las quemaduras provocabas por el ácido fluorhídrico le tapizaban más del ochenta por ciento del cuerpo. Eran graves. Tanto, que en muchas zonas el ácido, insaciable, había devorado la carne hasta los huesos. La garganta estaba casi abierta, destrozada.
—Mi… avecita… —gorgoteó—. Mi… ave… ojos… verdes…
Tuvo una convulsión antes de quedar inmóvil. Andrómeda chasqueó la lengua.
—Qué pena. Gasto combustible para venir a Haen y justo cuando encuentro a Charcot Duchenne, una de sus creaciones lo mata.
No fue muy inteligente al usar un anagrama de su propio nombre, reflexionó Kevin. Tampoco, como taxidermista, en vez de pagarte por el cuerpo de la criatura, te paga por su salvación. Mira que hay tontos en el Universo.
—Volvamos a la colonia. El supervisor estará encantado de saber que terminamos el trabajo.
Sin embargo, Andrómeda lamentó predecir el futuro ánimo del supervisor. Una vez contados todos los detalles, Velázquez no estaba para nada encantado. Sino todo lo contrario.
—Mi hija… levantada como una cognoscitiva a manos de ese loco de Ochract Necehund… —murmuraba, derrumbado en uno de los butacones de su despacho. Andrómeda ocupaba el segundo mueble—. Asesinó a todos esos trabajadores… los devoró…
—Ya no tiene nada de qué preocuparse, supervisor Velázquez…
—¿Qué no tengo nada de qué preocuparme, no tengo? —farfulló el hombre. Sus facciones, antes llenas de espanto, palidecieron como el mármol de sus estatuas—. ¡Es un escándalo mayúsculo! ¿Cómo cree que la gente se tome esto, venatora? ¿Qué dirán en la colonia, los otros supervisores, qué dirá el presidente de Haen? ¡La hija del supervisor Velázquez, la prometida del presidente, era el monstruo que saboteaba la plantación de su propio padre! ¡Y él, mírenlo, que rogaba por un aumento del presupuesto, que rogaba por un puesto político! ¡Un complot, dirán! ¡Un complot padre e hija…!
—Ya no era Rocío, sino una cognoscitiva trastornada, creada por un biomédico acusado en el Universo conocido por experimentos ilegales…
—¡Ese es el colmo! —estalló Velázquez. Se puso en pie, caminó de un lado a otro del despacho, perturbado—. ¡Permitió, venatora, que nuestro único biomédico, el brillante biomédico de la colonia Magallanes, fuera asesinado así, sin más!
—Perdone, supervisor. Era culpable del asesinato de su hija, de su conversión… era un criminal…
—Con el cual ya estaban pactados acuerdos beneficiosos. Era un hombre raro, sí, amante de la taxidermia, en especial de las aves. Entrar a su casa era escalofriante. No obstante, cobraba menos que el resto de los biomédicos… ¡ahora sabrá el presidente a quién manda!
Sin aviso alguno se volteó hacia Andrómeda con el rostro casi púrpura de enojo.
—No emitirá ningún informe fiel a la verdad, venatora —le ordenó—. Yo me encargaré de eso. Escribiré al presidente de Haen que el problema del lamasu en las plantaciones de berenjes fue resuelto. Mi hija, Rocío, lamentablemente fue víctima de la bestia. Nuestro biomédico la asistió, con tan mala fortuna que fue atacado por la criatura y resultó muerto en el proceso. En cuanto a usted… no hablará de esto con nadie. Le pagaré una comisión. Que no se diga que el supervisor Velázquez de la colonia de Magallanes no cumple su palabra. A cambio, no vuelva a poner un pie en Haen. O me encargaré de que las autoridades la lleven a una celda a pudrirse.
Andrómeda se levantó con calma. Le echó un vistazo al furioso supervisor. Otra vez, no hubo camino de losas amarillas para indicarle la salida. Durante el viaje en motolizador al puerto espacial, Kevin dejó escapar sus cavilaciones en un murmullo:
No pensé que mi información sobre Charcot Duchenne nos llevara a los confines del Universo Conocido, en Haen… en realidad, ahora que puedo rememorar… llevamos ya un tiempo siguiéndole la pista a varios biomédicos. Todos como este, que han hecho experimentos controversiales, con redivivos…
Andrómeda no respondió. Ya estaban en el puerto; custodiando la Casiopea, se desplegaba la guardia oficial de Haen. No para darle la bienvenida ni requerirla para otro trabajo. Estaban allí para asegurarse de que se marchaba del planeta. Con serenidad, Andrómeda condujo el motolizador hacia la zona de carga de la Casiopea, cuya puerta comenzaba a abrirse para recibirla.
Oye, Andro, eso de perseguir biomédicos, insistió Kevin cuando pasaban entre la guardia de Haen que la observaba con cara de pocos amigos. ¿Es algún trabajo del que no me has hablado?
—No. Es un asunto personal.
Andrómeda detuvo el motolizador cuando estaba dentro de la zona de carga de la nave. Se bajó del vehículo. No pudo ver a la guardia. La Casiopea había cerrado la puerta. En pocos minutos, Andrómeda y la IA Kevin abandonaban el planeta Haen, para no volver jamás.

  Malena Salazar

Malena Salazar
Malena Salazar Maciá (Cuba, La Habana, 1988). Graduada del Centro de Formación Literaria «Onelio Jorge Cardoso» en el 2008. Ganadora del Premio David 2015 de Ciencia Ficción convocado por la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba. Ganadora del premio Calendario 2017 categoría Ciencia-Ficción, convocado por la Asociación Hermanos Saiz. Ganadora del premio de novela HYDRA 2019, convocado por la revista «Juventud Técnica», (Ed. Abril, 2019). Ganadora del concurso de cuento de Ciencia Ficción convocado por la revista «Juventud Técnica», (Ed. Abril, 2015). Ganadora del concurso Oscar Hurtado 2018 en la categoría de ciencia ficción, convocado por el Taller Espacio Abierto y Centro de Formación Literaria «Onelio Jorge Cardoso». Ha ganado en diferentes categorías el concurso «Los Juegos Florales» 2013, 2014 y 2015, además de mención en el concurso «La Edad de Oro» 2016, en categoría Ciencia Ficción y Fantasía. Ha publicado la novela de ciencia ficción Nade (Ed. Unión, Cuba; 2016, Ed. Guantanamera, España, 2016) y la cuentinovela Las peregrinaciones de los dioses (Ed. Abril, Cuba, 2018). Ha publicado cuentos en las antologías Quimera Vespertina (Ed. Camino, Cuba, 2015), Órbita Juracán (Ed. Voces de Hoy, USA, 2016), Los Mil y un Zombies, cuentos cubanos sobre monstruos (Ed. Ácana, Cuba, 2016), La poesía de la vida (Alemania, 2016), Republika (Croacia, 2018) y Ecos de la Tundra (Ed. Islas de Papel y Tinta, España, 2019). Ha publicado textos en revistas de Cuba, Colombia, España, México, Argentina, USA y Japón. Varios de sus textos han sido traducidos al alemán, inglés, al croata y al japonés.

Recomendamos

Pelea de Gallos

Los gallos se encontraron de frente con el instinto de supervivencia en los ojos y …

XVII Heridas abiertas

Las paredes de la celda rezumaban gotas de agua salidas del corazón de la montaña. …

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

dieciseis − 6 =