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Ciudad, identidad e imaginario colectivo

El arte, entre otras cosas, implica cierta naturaleza social, un poderoso lirismo, un ejercicio constante de descubrimiento-autodescubrimiento y una transformadora experimentación. Las estructuras de las sociedades contemporáneas y sus crecientes mixturas, nos instan inteligentemente a repensar nuestras agendas para salir airosos en cada intercambio o diálogo. Es por ello que la reflexión sobre quiénes somos, qué nos conforma y cómo se evidencian tales fundamentos en nuestro contexto, más que una necesidad, se torna una urgencia.
La ciudad, entorno habitacional y cotidiano espacio de tránsito, creación y accionar, constituye no solo el sitio que nos abriga sino una extensión de nuestros valores y proyectos. En ella, físicamente, vamos decodificando y codificando símbolos y patrones, y espiritualmente, vamos acomodando, aunque de forma inmaterial, nuestras visiones, creencias y nociones diversas. Cada ciudad tiene sus particularidades, sus historias, su vida; y nosotros, aun lejos de la que nos vio crecer, llevamos su impronta. Durante el último año, Pinar del Río ha venido experimentando un proceso de restauración, de los más grandes en las últimas décadas, con motivo del 150 Aniversario de la Entrega de Título de Ciudad. Por lo que la vida y el pensamiento de cada ciudadano local, incluyendo a los artistas, han estado permeados por estas ideas de reconstrucción y rescate del patrimonio urbano tangible, asociadas al mantenimiento y socialización de las tipologías y esencias intangibles, que nos revelan como pueblo y como sociedad. Es por ello que, aun inconscientemente, más allá de profesionales o aficionados, casi cada pinareño residente en el municipio capital, se ha convertido en una especie de crítico sobre los consecutivos cambios, haciendo brotar conclusiones sobre nosotros mismos, de manera general y casi espontánea.
Las obras del Salón 20 de Octubre de 2017 compartieron alientos individuales y colectivos, que sondearon no solo escenarios físicos o mentales locales típicos, sino modos de contemplación y asimilación de estos espacios o comportamientos, traducidos en visiones comunes, un tanto oníricas o cínicas, y revelaciones singulares, un tanto investigaciones antropológicas o histórico-memorísticas. Paredes animadas por suertes irrisorias, tristes o paradójicas de hombres. Hombres en situaciones clásicas de inanimados o petrificados muros. Seres humanos cuya esencia, aun aparentemente distinta, no puede separarse del continuo condicionamiento de los lares, herencias y momentos que habita. Individuos y construcciones haciéndose y rehaciéndose constante y dependientemente, como parte de un ciclo infinito, como elementos indispensables de una fórmula única de existencia, reciclaje y sobrevivencia. Artistas como Juan Manuel Menéndez Mena y Raidel Hernández Iglesias asumieron símbolos reconocibles de nuestro circuito urbanístico; el primero para rediseñar nuevos escenarios contenedores de cuestionamientos, planteamientos de fe y declaraciones de principios; y el segundo para intervenir determinados espacios públicos, reflexionando o repensando in situ, sobre procederes y responsabilidades sociales y cívicas con nuestro entorno. Otros como Lázaro Prieto González, Luis Orlando Álvarez –Pako- y Orlando Hernández prefirieron discursar sobre raíces, memorias y legados familiares y culturales, que nos sustentan conceptualmente y que definen mucho de nuestro comportamiento y sentido de pertenencia, de nuestra autoconciencia y asunción de compromiso y participación. En el caso de Ernesto René Figueroa Pérez, se volvieron a constatar sus inquietudes sobre coexistencia y vínculos de orden local y universal, que influyen constantemente en los derroteros de nuestra construcción social presente y futura. Mientras que Marcos González Yaver, Yasser Curbelo Rego, Javier Ampudia Pacheco –Beca de creación- y Michel Gustavo Martínez Guerra –Premio-, desde la metáfora, la lírica y fina ironía y la invitación a la definitiva construcción-ejecución de la obra, propusieron indagaciones sobre las esencias y consistencias del sujeto que habita y conceptualiza sus predios, el individuo que se proyecta a través de sus invenciones, el que se refleja en su accionar y su decidir.
Así pintura, grabado, fotografía, instalación, acción, video y escultura, conformaron la XXIX edición del Salón 20 de octubre. Una oportunidad para visibilizar parte de las más recientes creaciones del patio. Y un homenaje a la ciudad por su aniversario, sus renovaciones, sus valores patrimoniales, su integridad y su futuro… que es el nuestro.

  Yania Collazo

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